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Poéticas feministas: Apuntes sobre un Guayaquil neoliberal

Guayaquil, la provincia más afectada, enfrenta una crisis de feminicidios con 91 muertes en 2023, mientras colectivos feministas luchan por visibilizar la tragedia y exigir justicia.

Por Astrid Torres y Ana María Crespo
Ph: Daniel Jauregui

Cada veintisiete horas una de nosotras no volverá a ver la luz. No volverá a sentir el viento deslizándose sobre su piel ni a maravillarse con los colores del cielo en el atardecer. No volverá a abrazar a su madre ni podrá darle un beso en la frente a su hijo antes de dormir. Cada veintisiete horas la risa de una de nosotras no volverá a ser escuchada. No hay forma de suavizar lo que tenemos que decir, por eso no vamos a callarnos. No podemos callarnos. Nos están matando. Nos matan en la calle, en las casas y en los centros de reclusión. Nos matan, sobre todo, las personas que prometieron amarnos. Lo dicen las cifras de la Asociación Latinoamericana para el Desarrollo Alternativo, el 43% de los casos tienen esa raíz. 321 mujeres han sido asesinadas en el 2023. En el mapa que esta institución dibujó para mostrar los feminicidios en el Ecuador, como un incendio que se intensifica en ciertos territorios, el fuego arde con más fuerza en las provincias que están a pocos metros sobre el nivel del mar.

Si leemos esta cartografía de la muerte, si esculcamos en esta herida con cuidado, descubriremos que la provincia del Guayas encabeza la lista.  En 2023, 91 mujeres perdieron la vida y hubo 11 casos de menores de edad asesinadas. Esta es una de las provincias en las que las infancias son más proclives a perder la vida jugando en la calle o en el interior de sus hogares. Y en este vórtice de la desesperanza está Guayaquil, una ciudad abrazada por un estero y un río. Guayaquil, la ciudad que fue gobernada por más de treinta años por un partido de derecha. La ciudad puerto: la urbe del “progreso” y  la “regeneración urbana”. Esta supuesta Perla del Pacífico es una de las ciudades más peligrosas para las mujeres y disidencias. Entre el calor y la violencia que a diario palpitan en sus calles, las colectivas feministas rasgan la cotidianidad para suavizar esa velocidad que nos atropella, para decirnos que 321 mujeres no volverán a abrir los ojos para enfrentar la luz que en estas latitudes nos enceguece. Con el cuerpo, la palabra y los trazos, con su cantos nos quieren recordar que aunque la ciudad se abisme, callarse no es una opción, no para ellxs, no para nosotras.

Cronología de una ciudad: En Guayaquil las colectivas feministas 

Ybelice Briceño, académica, militante y migrante venezolana, construye una cronología de la vida del movimiento feminista en la ciudad que se ha convertido en su hogar. El 2018 se reconoce como el año que marca el devenir del activismo en las calles de Guayaquil. La convocatoria del #8M fue multitudinaria porque se alimentó por las organizaciones que se articularon para impactar con acciones coordinadas en favor de la Huelga Internacional Feminista. Aunque el movimiento feminista no es tan grande como en otras ciudades del país, su existencia es importante al surgir en el núcleo de una urbe marcada históricamente por el conservadurismo y la violencia patriarcal, menciona Briceño. 

En 2019, las mujeres y disidencias se nombraron como el Movimiento de mujeres diversas en resistencia. A lo largo del 2019 y en el 2020, Ybelice identifica la fuerza que el movimiento adquiere, lo que le permite tener una incidencia a nivel institucional y hacer de la calle su trinchera de lucha. Si hubo un momento de clímax en este relato del movimiento feminista en la ciudad, fue en el 2020, antes del inicio de la pandemia. En el recorrido que Briceño propone por la historia de la lucha feminista en Guayaquil, el año 2020 fue cuando la marcha logró congregar al mayor número de personas en las calles. La pandemia supuso un corte en los lazos que se habían tejido. La falta de recursos, la prohibición de reunión en el espacio público también hizo lo suyo para debilitar a un movimiento que prometía crecer sin detenerse.

Hay una mixtura que lo vuelve un espacio que aglutina a organizaciones con diferentes propósitos, pero que en la calle encuentran una motivación común para caminar juntos y levantar la voz. Una facción la componen los movimientos feministas que abogan por el aborto libre y el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo. Están también quienes tienen como bandera la defensa de los derechos de las mujeres y colectivas cuya línea de acción se inclina hacia los derechos laborales. Dentro de este entramado diverso cobran relevancia los grupos de mujeres y disidencias que usan al arte como herramienta para manifestarse en contra de la violencia, entre ellas están la Batucada, el colectivo entretejidas o el colectivo Revo.luz.zion.

25N,  un grito de resistencia

“Antisociales que buscan el desorden público”, escribe un usuario en YouTube para descalificar a las mujeres que ante el clima de horror en el que están inmersas, eligen salir a la calle para expresar su malestar. Esa tarde la marea verde no creció hasta inundar las aceras, pero no pasó desapercibida. Tras la pandemia, la potencia de la marcha ha menguado considerablemente. Era el 25 de noviembre de 2023 y al menos por unas horas la ciudad tenía que ser otra. No solo por los cantos o los cuerpos que bailaban al ritmo de los tambores. La ciudad tenía que reescribirse, aunque sea por un momento breve. 

Una mujer, con digna rabia, escaló un poste de alumbrado, un letrero sostenía en sus manos y en medio de las voces que repetían consignas la calle Imbabura se renombró en una promesa que las colectivas feministas sostienen con su militancia: Vivas nos queremos. Esta metamorfosis se fue replicando en otros lugares de la ciudad. Un adolescente, se resbalaba de un poste entre el calor de la ciudad, pero con el apoyo de mujeres colocó un letrero que transformó a la Plaza de la Administración en  la Plaza de la Insurrección. Ese joven es Flavio Bastías, coordinador de Pasos y Huellas. 

Renombrar y nombrar es una tradición que necesita mantenerse, las plazas de la ciudad se revisten con otros significados. Las palabras adquieren un nuevo peso, la ciudad nos recuerda los nombres de las mujeres que no podrán salir a la marcha, pero que con carteles alguien se esfuerza para recordarnos que existieron. Por unas horas la ciudad es otra y no nos da la espalda.

El 25 de noviembre es una de las fechas importantes que convoca a las colectivas que, bajo la consigna de feminismo, popular, anticapitalista, no partidista, convierten a las calles en su lienzo. A través del arte, las mujeres y disidencias nos dicen por qué es necesario defender el derecho a habitar el espacio público en una ciudad como Guayaquil. La consigna es clara: se manifiestan en contra de la violencia y la complicidad estatal. El 25 de noviembre de 2023 se diferenció de otras fechas porque, aunque la marea no saturó las calles, hubo un bloque de mujeres que apoyaron al Pueblo Palestino. Hubo niñas y personas de la tercera edad que coreaban: “tenemos derecho a una vida libre de violencia”. Las familias llevaron las fotografías de quienes perdieron la vida en manos de la violencia patriarcal. Sus rostros acompañados de la frase “buscamos justicia” no dejaron de ondear entre la gente. Nos recordaron la urgencia de tomarse la calle, pese a que las acciones parezcan diluirse entre otras amenazas que nos acechan.

 “¡Ante la violencia machista! – ¡resistencia feminista!

¡Ante la violencia feminicida! – ¡resistencia feminista!

¡Ante el pacto patriarcal! ¡resistencia feminista!”

Las voces no cesan. Denuncian la escalada de violencia y le exigen al Estado encarar esta tragedia. En el manifiesto publicado a propósito de esta fecha se reconoce que es deber del Estado formular políticas públicas para erradicar la violencia de género y para garantizar la dignidad de la vida ante la masacre del capitalismo patriarcal. Educación, trabajo, acceso a la salud, son algunos de los pedidos que forman parte de las demandas colectivas. Y ya sea que un frente exiga derechos laborales o se manifieste a favor del aborto libre, lo que prevalece bajo esta lucha se condensa en esta frase: “ante las políticas de muerte, vivas nos queremos”.

8M, un grito de transformación

Al caer la tarde, mujeres se abrían paso entre el bullicio del centro de Guayaquil, desafiando el calor y la humedad que envolvían a la ciudad. Surgían de todas las direcciones, como corrientes convergentes para encontrarse en la resistencia formando una marea morada y verde que emanaba potencia. El cielo gris amenazaba con destruir los carteles y borrar la pintura de sus pieles al igual que los escuadrones de policías conformados por mujeres  que buscaban intimidar desde la distancia. 

El 8M de 2024 mostró que estamos ante un encuentro intergeneracional, pues nos quitaron todo, hasta el miedo. Niñas, adolescentes, jóvenes, adultos salen a luchar y alzar sus voces en contra de los abusos que atraviesan sus cotidianidades. La violación perpetuada por estudiantes del colegio SEK mostró que la variable de clase actúa para mantener la impunidad. La violencia de género también es un problema de clase y raza. 

Las adolescencias denuncian tanto a los perpetradores como a las instituciones que los amparan. Durante la marcha, se escucharon consignas como violadores, asesinos, aborto y justicia, impactando a los espectadores, quienes muestran diversos niveles de reacción, desde incomodidad hasta indiferencia.

Ni los gritos, ni los cuerpos desnudos, ni la ocupación del espacio público estremecieron tanto a esta ciudad conservadora como la presencia de mujeres cubiertas de pies a cabeza: el bloque  por la causa de Palestina. Una bandera de la nación negada se abrió con ayuda de manos diversas que reconocen que hay una matriz de poder exterminando a los otros. 

La colectiva entretejidas se apoderó del espacio público con sus cuerpas en lo que denominaron el Baile de las brujas. Resignificando la palabra desde la sororidad y la sabiduría.  Si bien los grupos son la cara más visible de la lucha feminista, hay artistas y activistas que desde su práctica artística o desde su militancia en organizaciones sin fines de lucro hacen de Guayaquil un lugar donde la diferencia puede ser escuchada. 

Liberti Nuques, desde las Chepas, decidió que hablaría de todo lo que le duele en sus canciones. Flavio Bastias, desde Pasos y huellas, trabaja en los derechos sexuales y reproductivos de los adolescentes. Bry Espinoza escribe, sus versos escarban en el daño, hacen del miedo una materia para invocar otras potencias. Ana Morales en memoriales se rebela al olvido.

Poéticas trans envolviendo

“Todas pensamos en esa otra ciudad que no está ardiendo en llamas”, escribe Bry Espinoza en su poema Acompañar y recibir. Una ciudad que no asesine a sus hijes, pero aquí los cuerpos caen, los cuerpos se incendian, los cuerpos desaparecen. Guayaquil es la ciudad de la furia aquí vive Bry, una estudiante de artes visuales que se enuncia desde lo trans y marica. Para ella, la crisis significa conmoción y un declive, ya que la vida se vuelve más complicada, lo que es una constante en la urbe donde la violencia ha revestido los entornos. 

Guayaquil se observa como una ciudad que se está pudriendo, que ya no solo tiene basura y ratas; aquí la muerte habita en medio del sol que no ha logrado disolver la penumbra social. Hasta el aroma ha cambiado. El olor a manglar está cada vez más ausente; más bien, un picante olor a pólvora le recuerda a ciertas personas que pueden morir. Los cuerpos trans no importan para una ciudad con décadas de autoridades conservadoras en el poder. Para Bry, su reto ha sido aprender a quererse y amarse trans cuando el poder busca expulsar la diversidad; y el desafío es nombrar. En este sentido, su obra ha pasado por etapas: de la gráfica a la escritura creativa. 

En este sentido, el tejido social en medio del conflicto armado interno está quebrado; el perfilamiento racial  sostenido en la discriminación y el machismo han creado mecanismos de control y disciplinamiento del otro que hacen más complejo el trabajo artistico y los procesos de activismo, pues hay una constante exclusión y criminalización. Hablar con Bry es asistir a una interpelación constante y a romper los clichés románticos alrededor del activismo, pues aunque su poesía puede ser disruptiva, ¿cómo se sostiene la escritura cuando no existen espacios laborales dignos? ¿Cómo se sostiene la escritura cuando se habita la ciudad con miedo? Nos interpela Bry.

Cuerpos desbordando 

En un Guayaquil que arde en medio de la crisis los derechos sexuales y reproductivos suelen salir de la agenda pública, pero desde el corazón de la urbe surge la resistencia. Pasos y Huellas es una plataforma de jóvenes y adolescentes que busca construir de manera colectiva espacios de formación, incidencia y creatividad desde un enfoque de derechos. Flavio Bastías, coordinador del espacio, es un adolescente de 17 años que cree que se pueden transformar las estructuras sociales permeadas por la desigualdad a través de la incidencia en territorio. 

Los ojos de Flavio brillan cuando habla de la lucha social. Para él, las discusiones políticas deben ser parte de los procesos educativos, pues no se puede estar en aulas de clases aisladas de lo que ocurre en el territorio. No se puede estar aislado cuando  hay otros adolescentes que necesitan un plato de comida diario o ni siquiera pueden tener acceso a la educación. Lo más grave es cuando ya no ven la educación como una vía para seguir adelante, señala Bastías. 

El conflicto armado interno ha creado un perfilamiento del “terrorista”: jóven, racializado y sin educación. Además, de zonificar lugares como criminales. Para Bastías, en dichas zonas periféricas de Guayaquil hay gente luchando por  desalojos forzosos y no están siendo visibles, pero sí estigmatizadas. En territorios abandonados por el Estado hablar de Derechos Sexuales y Reproductivos es una urgencia y necesidad porque permiten romper con otras formas de violencia. Pasos y Huellas trabaja desde la danza, el teatro, la música para abordar problemáticas que están ahí como los embarazos adolescentes o la salud mental. 

Pasos y Huellas el 25N no solo fue protagonista para renombrar la Plaza de la Administración sino también en la puesta en escena de un performance con decenas de adolescentes que interpelaban a las autoridades por la aplicación de derechos sexuales y reproductivos. Se está ante generaciones que están teniendo nuevos pensamientos nuevos enfoques de la vida nuevas problemáticas también y tomarse el espacio público es como aprender de eso, señala avio. Además, al Estado le cuesta comprender que las adolescencias entienden que les pasa a sus cuerpos y entornos por eso el performance ha sido una salida para desafiar al poder. 

Flavio no deja de mencionar el caso emblema de lucha en Guayaquil: Paola Guzman Albarracín, quien fue víctima de violación  por parte de su vicerrector e inoperancia del personal médico que tuvo como consecuencia el suicidio de Paola. Para Flavio hay un todo un aparataje estructural detrás y por eso es importante la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos que declaró al Estado ecuatoriano como responsable por la violencia sexual e institucional de la que fue victima Paola Guzman, ya que el Estado no garantizó el derecho a la vida, integridad personal, a la protección de la honra y la dignidad, educación y a vivir libre de violencia. Este hecho como medio de reparación ordenó al Estado ecuatoriano a incorporar la educación integral para la sexualidad dentro de las instituciones educativas. 

Pasos y Huellas es un colectivo que impulsa la EIS en memoria de Paola y para re-existir a un Estado patriarcal. Las adolescencias organizadas han visto en el arte un medio para interpelar y reescribir las calles de la ciudad.

Sonoridades reescribiendo 

Reescribir la historia también es proponer nuevas sonoridades. Para Liberti Nuques, integrante de la banda de punk Las Chepas,  hacer música en Guayaquil es una forma de recordarse a sí misma que se puede ser madre y compositora. 

“¿Hay alguna canción que no hable de sexo?”, le gritaron en un concierto.  Su tema más popular en Spotify es Pro vida (sin censura), en esta canción hablan sobre esa falsa moral en la que se sostienen quienes defienden a la familia tradicional o se infiltran en las marchas feministas. Las Chepas escriben canciones sobre el deseo, el placer, acerca del desamor, escriben sin filtros, porque a las mujeres se les ha prohibido hablar de ese tema. Porque para una mujer es inmoral hablar de ello y si lo hace, es objeto de agresión, señala Nuques. En una sociedad que violenta a los cuerpos feminizados ser feminista es una consecuencia.  Para Liberti  hoy en día vivimos en un vortex de crisis. Una crisis que engulle a otras crisis y en medio de todo el desamparo que se siente al vivir en un país con el sistema financiero y social destruidos, la música es su lenguaje de resistencia.

Ser una intérprete punk que además es madre ha hecho que reciba muchas críticas de familiares y gente desconocida. “Pero cómo dice Lemmy, de Motorhead: si a tus padres no les gusta tu música es buena música”, comenta entre risas Nuques. Justamente porque como madre se espera que cumpla con un rol. Y yo no soy un rol. Soy una mujer que hace música para resistir, termina con potencia Liberti.

Memoria impregnando 

Ana Morales es una mujer de mirada profunda y de acciones claras. A sus 40 años combina el estilismo, los trabajos del cuidado con el activismo, pues el abandono del Estado a lo largo del país la llevó a experimentar el dolor de perder a uno de sus hijos en medio de la crisis carcelaria que ha ocupado la primera plana de la prensa a nivel latinoamericano.

El 12 de noviembre del 2023, Ana prendió velas alrededor de un memorial contra la guerra que recordaba los nombres de las víctimas de la violencia en el país. Ver a Ana es conocer la resiliencia y la esperanza. Ella se considera una luchadora social ante un país lleno de injusticias. Actualmente forma parte del  Comité de Familiares por justicia en cárceles siendo este el resultado de la violencia causada en las cárceles de Guayaquil. El objetivo del comité es que los familiares de las personas privadas de libertad fallecidas y detenidas puedan  conocer de una manera clara y sencilla los derechos como ciudadanos, manifiesta Morales. 

El Comité de Familiares es como la llama de la vela que sostiene Ana entre sus dedos, puesto que en medio de una ciudad que se incendia el comité acompaña dando un registro actualizado sobre la violencia de las cárceles que permite identificar y generar alertas posibles, por ejemplo los amotinamientos, la escasez de comida, las riñas internas, torturas, malos tratos, extorsión y muerte silenciosas. 

Para Ana la crisis significa estar en agonía, una agonía vista por el Estado que deja morir a los cuerpos que no importan, silencia y oculta; por eso el tomarse el espacio público con acciones performáticas es romper con la cadena de violencia que hay hacia unos sectores sociales. Bordar, performar, cantar es vivir en un sistema que apuesta por la purga. 

De las luchas más importantes que ha tenido que pasar es presentar una acción de protección sobre las muertes en custodia dicha acción fue instaurada por el Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos, el Comité de Familiares por Justicia en Cárceles y la Red Internacional de Mujeres familiares de personas privadas de libertad.. Mi lucha es que mi hijo no sea un número estadístico, agrega Ana con la voz entrecortada, su lucha es por su memoria y por honrar la memoria de todas las personas privadas de libertad que han fallecido en esas muertes violentas. 

La lucha feminista es también una lucha anticarcelaria porque las desigualdades estructurales se articulan en el sistema capitalista patriarcal. 

Un camino que continuará

En un contexto de resistencia y lucha feminista en Guayaquil, resulta evidente que las artes y acciones activistas no solo son una herramienta, sino un pilar fundamental para la transformación social y la descolonización de la ciudad. Estas expresiones creativas no solo visibilizan las injusticias y desigualdades que enfrentan las mujeres y disidencias, sino que también cuestionan las estructuras de poder patriarcales y capitalistas que perpetúan la violencia y la opresión.

El arte, la música, la poesía y las acciones performáticas se convierten en espacios de resistencia y liberación, donde las experiencias y voces marginadas encuentran un eco y una plataforma para ser escuchadas y valoradas. Desde la Plaza de la Insurrección hasta los memorial contra la violencia, estas manifestaciones culturales son actos de memoria y resistencia, que nos recuerdan la urgencia y la importancia de seguir luchando por un mundo más justo y equitativo.

En última instancia, estas formas de expresión no solo son herramientas para la lucha social, sino también actos de amor y solidaridad, que nos invitan a imaginar y construir juntos un futuro donde todas las vidas importen y todas las voces sean escuchadas. La resistencia feminista en Guayaquil nos enseña que el arte y la acción pueden ser poderosos motores de cambio y esperanza, capaces de desafiar las narrativas dominantes y construir nuevos horizontes de libertad y justicia.

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