En territorios atravesados por la violencia y el desplazamiento, los cuerpos migrantes resisten. Desde la ternura, la memoria y el cuidado, reinventan formas de habitar el mundo, sanando heridas y tejiendo comunidad más allá de las fronteras.
Nunca pensé en migrar, hasta que las balas comenzaron a sonar demasiado cerca. Hasta que asesinaron a mi compañero de escuela por, supuestamente, ser campanero. Hasta que, frente al único local de encebollados en Manuel J. Calle amaneció, en letras grandes, una sentencia: “van a morir más”.
¿Quiénes van a morir? Tal vez gente que “se lo merece”, susurraban algunos.
El 2023 fue el año más violento en la historia reciente del Ecuador y fue el momento en que la cercanía de la crisis me hizo escribirle a mi mejor amigo “si la situación no mejora hasta agosto me voy a USA”. No me fui, pero el 2025 ya está rompiendo todos los récords, la visa gringa me mira desde el estante. Entre enero y abril, el país registró 3.094 homicidios intencionales, un 58 % más que los 1.951 ocurridos en el mismo período del año pasado.
En tres meses del 2025, 38 homicidios intencionales han sido de personas venezolanas, pero parecerían ser de cuerpos que no importan porque son “cuerpos peligrosos” que merecen ser triturados ante el olvido. El porcentaje representa un incremento del 40,74% en comparación al mismo periodo del 2024, según informa el Ministerio del Interior.

Guayas es la provincia más letal. Allí vive Luisabel, tiene 25 años, es venezolana y llegó a Ecuador hace siete. En Mucho Lote 2, en su casa, grabé mi primer cortometraje, y fue ella la primera de cámara en mi proyecto de graduación. Luisabel es lo más alejado de un cuerpo peligroso que conozco: una mujer cuyo lenguaje es la imagen. Pero el paisaje de violencia la envuelve. El 13 de abril hubo un sicariato en la entrada de su barrio, aunque ella no lo recuerda. Su miedo no está ahí. Su miedo está en caminar sola por la ciudad, en subirse a un taxi. Me dice que no es tanto por ser venezolana, sino por ser mujer. Con Luisabel comparto el habitar espacios convulsos e impredecibles siendo eso: mujeres.
En medio de este caos, la narrativa oficial —esa que se construye con imágenes, titulares y discursos que simplifican— decide quiénes merecen morir. Siempre los otros: los racializados, los jóvenes, los pobres, los venezolanos. Los que, en teoría, no son como “nosotros”, porque en la práctica somos un espejo que luchamos con diferenciarnos para no pensar que vamos caer en un fango que nos traga.
Imaginarios de la violencia
De las aproximadamente 7,9 millones de personas que han salido de Venezuela en los últimos años a causa de la grave crisis económica y social, cerca de 450.000 han encontrado refugio en Ecuador, según datos de la Plataforma Regional R4V de ACNUR y la OIM.
Ecuador Chequea verificó que el imaginario ecuatoriano que vincula el incremento de la violencia con la migración venezolana se basa en desinformación: de cada 100 personas detenidas en el primer semestre de 2024 por la Policía Nacional, solo 3 eran venezolanas.
Pero no importa lo que digan los datos cuando la narrativa está decidida: el cuerpo peligroso siempre se proyecta hacia el otro y eso se expresa en la política de gobierno.
Para ejemplificar, a un mes de finalizar el proceso de amnistía migratoria para ciudadanos venezolanos en Ecuador, el presidente Daniel Noboa derogó el Decreto Ejecutivo 370 dejando sin posibilidad de regularización a miles de personas. Esta medida afectó especialmente a quienes habían realizado el Registro de Permanencia Migratoria, pero aún no alcanzaban a solicitar la Visa de Residencia Temporal de Excepción (VIRTE II). La decisión se dió en un contexto de desinformación y recorte de fondos internacionales, lo que ha generado un escenario de incertidumbre, riesgo de explotación y vulneración de derechos para una población que en su mayoría está compuesta por mujeres y niños. Organizaciones de la sociedad civil han alertado sobre las consecuencias de suspender este proceso, que permitía identificar, proteger y brindar alternativas legales a personas en situación de movilidad humana. Para Grey Arcilla, abogada venezolana, hay una contradicción en la decisión puesto que Ecuador lideró el Foro Global sobre migración y desarrollo y ratificó la migración segura y ordenada. Al derogar ese decreto se regresa a los inicios. Al no tener registros de quienes están en el país no solo teje trata de personas, sino explotación laboral abaratando la mano de obra, asegura.
Tránsitos: historias de (nos)otrxs
Cuando me preguntaban de dónde era, nunca supe decir que vivía en Manuel J. Calle, un territorio fronterizo entre la provincia del Cañar y Guayas. Amo tanto este lugar, pero tengo un miedo profundo de no poder salir de aquí. Es esa injusticia que se vive en territorios que han sido abandonados, donde las oportunidades casi que se han disecado. Loïc Wacquant, en su libro Los condenados de la ciudad, habla de cómo ciertas geografías no son simplemente zonas pobres, sino territorios producidos por políticas activas de abandono, criminalización y control. En este escenario conocí a Yamilé, una adolescente de 17 años, hija de un gatillero, que con la voz entrecortada me cuenta que su primo de 16 años soñaba con migrar no solo para escapar del hambre o del miedo del crimen organizado, sino porque creía que allá, lejos, podría ser alguien. Ya que esta tierra olvidada se traga la vida, y el crimen organizado secuestra las esperanzas.
Elkin estaba cansado de matar, pero no podía decir basta porque solo se sale de un GDO muerto. Achille Mbembe, en Necropolítica, explica que en ciertos contextos la vida se gestiona desde la muerte: se decide quién puede vivir y quién debe morir, y esa lógica se impone en los márgenes donde el Estado ha dejado de mirar. Ese deseo de “ser” atraviesa los cuerpos, pero también los margina. Porque cuando sueñas con una vida digna lejos del fango, del abandono, entonces te conviertes en sospechoso, en desplazado, en objetivo. Elkin murió una semana antes de poder irse a Estados Unidos.
La narrativa de guerra que ha instalado el gobierno no ve al migrante como un sobreviviente, ni al ecuatoriano empobrecido resistiendo con el cuerpo entero a la desigualdad. Los ve como amenaza. Pero ambos habitan una misma frontera: no solo geográfica, sino simbólica. Una línea que no solo divide territorios, sino que corta la carne, que separa a los que supuestamente pertenecen de los que sobran, de los que estorban. Es una frontera que condena al exilio, a la celda o a la fosa. Como escribió Gloria Anzaldúa en Borderlands/La Frontera, “la frontera es una herida abierta donde el Tercer Mundo choca con el primero y sangra”. Y en Ecuador, esa herida sangra en los márgenes, donde vivir es resistir, y resistir es volverse sospechoso.
En el terminal de Tulcán me maquillaba antes de enfrentarme a la frontera de Rumichaca, en mi caso por un amor velado, en la seguridad que me daba Pasto, donde transité por un año. Había sido un viaje duro: mientras dormía, un tipo empezó a tocarme. No pude volver a dormir, pese a que ese hombre se bajó cuatro horas antes de mi destino. Desconfiada, me miraba en el espejo intentando cubrirme lo suficiente para el último tramo. El baño tenía un olor a agua estancada que hacía desagradable permanecer mucho tiempo en ese pequeño cubículo. Ahí me encontré con Rosa, una mujer de unos 35 años, pequeña y de cabello negro. Traía una chompa bastante delgada, que no apaciguaba su frío. Me sonrió y me preguntó si iba para Colombia. Ella estaba sola, huyendo de su expareja, que había amenazado con matarla.
En Ecuador no hay garantías para las mujeres: en 2024 hubo 254 feminicidios, y 23 de esas mujeres ya habían denunciado. No se hizo nada. Rosa no quería ser una estadística. Prefería cruzar el Darién a esperar la muerte en Ecuador. En los territorios donde la violencia no es una excepción, sino una norma, los cuerpos feminizados se vuelven desechables, marcados por una lógica extractiva que, como advierte Sayak Valencia en Capitalismo gore (2016), convierte la crueldad en forma de control social. Rosa lo sabía. Por eso se fue. Por eso yo tomé una foto de la frontera de Mataje cuando volvía a Ecuador y se la mandé a mi mejor amigo, junto con mi ubicación.

En medio de esta cartografía de heridas empecé a leer la poética de Rogger Cedeño, escritor venezolano que migró en 2017 luego de que su mamá, al ver gente comiendo de la basura, decidiera instalarse en Ecuador. Para él, migrar fue alejarse de su nona —su abuela—, pero también construir otras formas de amor en la distancia. Habitar la memoria, como quien sostiene un álbum que se desarma en cada página, pero en ese rearmarse hay otras formas de ser. Dice que Guayaquil no le resultó tan distinto a Caracas, que hasta los acentos se parecen. “Era como mudarme a otro barrio de Caracas”, me contó. Pero fue en ese cruce donde notó que había una borradura en su lengua. Palabras como “naguará” se designaron para los espacios íntimos, intentando diluirse para ser entendido. El cuerpo se adapta para sobrevivir, pero el lenguaje resiste. Por eso, ahora escribe desde una mezcla que reclama su voz, su lengua, su herencia. El habitar de Rogger en Guayaquil es un proceso de mixtura del lenguaje entre el afuera y el adentro. Cuando trabajaba en Claro, una jefa le dijo: “si así fueran todos los venezolanos”. Como si su amabilidad fuera una excepción a una regla no escrita. En Ecuador, como él mismo lo nombra, hay un retrato oficial del migrante: un cuerpo que incomoda, que ocupa el espacio público sin permiso.
Rogger reconoce que, aunque ha sido acogido, Venezuela sigue ahí: en su ropa, en su casa, en sus fotos, como un fantasma que persiste. “No sé si bastará con reunir este esfuerzo en mi escritura, mostrarme resbaladizo e íntegro a la vez”, confiesa. Su mirada —entre Guayaquil, Quito e Ibarra, donde está la gente que ama— es también la de alguien que no se fue del todo ni ha llegado por completo. Como diría la escritora chicana Gloria Anzaldúa, él habita un estado de nepantla, ese espacio entre mundos donde todo está por reconstruirse. Un estar entre orillas, entre lenguas, entre duelos que no terminan. Su cuerpo migrante no es peligroso: es frontera. Es mezcla. Es deseo de quedarse sin dejar de extrañar. Y aunque aún no sabe cuándo, quiere revisitar Caracas, esa ciudad que añora desde la extrañeza de la distancia.
En un bus rumbo a Quito para un congreso de feminismos en Flacso me encuentro con Lola. Es una mujer alta con un pelo crespo donde cada mechón grita libertad. Tiene 28 años. Ella no tomó la decisión de partir de Venezuela. Tenía apenas 17 años cuando su hermana perdió el trabajo en Odebrecht, después de que la empresa se viera envuelta en escándalos de corrupción. Cumplió 18 ya en Ecuador. 10 años después organiza una rifa para viajar a Venezuela, no por nostalgia, sino por trámite: necesita sacar su pasaporte para nacionalizarse ecuatoriana.
Lola no se siente ecuatoriana, aunque tampoco se siente venezolana, a pesar del cariño inmenso que le tiene al país donde creció: a los sabores de la comida, al modo en que la gente se relaciona. No se siente ni de aquí ni de allá, no tiene una configuración de “patria o muerte”. La decisión de ser ecuatoriana responde más a lo burocrático que resulta renovar documentos en Venezuela y a las limitaciones de su pasaporte, que le impiden entrar a muchos países. Su objetivo es claro: poder viajar, ganar becas y abrirse camino en el mundo del arte.
Ese no pertenecer a ningún lado, ese estar en medio, encarna lo que Gloria Anzaldúa llama la herida abierta, ese espacio liminal que no es del todo uno ni del todo otro: “una zona fronteriza es una herida abierta donde confluyen culturas, lenguas, clases y géneros en conflicto”. El cuerpo de Lola es frontera: traspasado por la movilidad forzada, las etiquetas, la extranjería y el deseo de seguir creando.
El arte es parte de su ser. Desde pequeña bailaba, a los 16 empezó pantomima en el barrio Petare, uno de los más peligrosos de Venezuela, en el Teatro Sucre se reconoció en el movimiento. Ella soñaba con hacer musicales porque creció con Glee y High School Musical. Tomó clases de teatro y entendió que su forma de expresión era el cuerpo. Además, en Venezuela en aquel tiempo había mucho acceso a carteleras de teatros. Cuando llegó a Ecuador tomó clases de teatro gratuitas, se presentó en la Casa de la Cultura. Actualmente, cursa el último semestre de creación teatral y se preparó como peluquera canina.
Lidiar con la criminalización de las cuerpas venezolanas es agotador. «Nunca voy a ser parte de este país así tenga los papeles y me quede 20 mil años aquí», dice. Siempre será una cuerpa vista como ajena, como excesiva, como extranjera. Exotizada. Y lo más duro es saber que no es solo Ecuador: “el mundo está lleno de xenofobia”, confiesa. Y eso duele. Duele full.
Como explica Sayak Valencia en Capitalismo Gore, el sistema neoliberal ha perfeccionado sus mecanismos de violencia, produciendo subjetividades precarizadas cuya existencia se vuelve excusa para su exclusión o consumo. En ese marco, la cuerpa feminizada, migrante, racializada y artista de Lola se convierte en una identidad de sospechas, morbo, rechazo o apropiación estética.
Y es que Lola tampoco puede volver. Venezuela es una tierra que la hirió. Le da miedo existir allá en un país donde el gobierno está contra el pueblo. Se siente en un limbo, entre una tierra que la expulsa y otra que no la recibe del todo. “Todo el tiempo me recuerdan que no soy de acá, y yo lo sé”.
Ser una cuerpa venezolana, pobre, artista y lesbiana es complejo. A veces se harta de tantas etiquetas, pero sabe que nombrarlas es resistir. Quitarlas sería invisibilizarlas. “Ninguno de nosotros es igual —me dice— y silenciar eso es silenciarnos”. Nombrarse también es una forma de habitar, de existir en medio de lo que Loïc Wacquant denomina las geografías del castigo: las cartografías donde los cuerpos migrantes son tratados como problema y vigilados como amenaza.
A Lola no le arriendan departamentos directamente. Siempre hay una intermediaria, una duda, un gesto condescendiente. Vive con roomates, porque no le queda otra. En los trabajos le dicen “qué raro que seas venezolana, porque ustedes son más cariñositas”, como si ser venezolana predestinara a la prostitución.
Pero también hay otras formas de habitar. Otras voces que la abrazan. Hay amigas que la escuchan, que han hecho suyas sus palabras. “Hablo completamente venezolano con ellas”, dice. En su grupo se cruzan “burda, fino, chévere, marica” y le responden “¡no joda!” entre risas. Porque así como hay gente que odia lo diferente, también hay quien lo celebra.
Y ahí está Lola: en medio del limbo, entre etiquetas, cuerpos y geografías. No pertenece, pero insiste. Habita. Se nombra. Se mueve. Crea. Porque su cuerpo, su voz, su trabajo y su existencia son también formas de seguir cruzando fronteras.
El relato de Lola me recuerda al de la exnovia de mi mejor amigo. Ella también fue objeto de mucha violencia. En algunos de sus trabajos, como intento desesperado de protección, se hacía pasar por lesbiana para evitar que sus jefes abusaran de ella. Siempre había alguien dispuesto a violentar a las mujeres venezolanas. Pero esa estrategia era insostenible. Un día decidió emprender por sí misma y ahora vende maquillaje en distintas ferias, buscando sostenerse sin depender de un trabajo formal.
El 2023 fue el año más violento para el Ecuador y nuestra nacionalidad fue la segunda que más cruzó el Darién. Las cifras del 2025 no son alentadoras en cuestiones de seguridad. La gente huye del crimen organizado, de la ausencia de Estado, del miedo de vivir. En Venezuela huyen de una crisis política y económica que ha vaciado los supermercados, los hospitales y las casas. ¿Y si somos lo mismo? ¿Y si no hay “nosotros” y “ellos”, sino un solo espejo roto?
Verse al espejo y no verse. Eso es lo que nos pasa cuando dejamos que la narrativa oficial nos divida. Cuando creemos que el enemigo es el que vino después, y no el que se fue primero: el Estado que no llegó, las políticas públicas que nunca existieron, el silencio institucional que permite que sigamos huyendo, ya sea del hambre, de las balas, o del olvido.
Tal vez lo que deberíamos preguntarnos no es quiénes migran, sino por qué. Porque mientras seguimos peleando entre “los otros”, las causas siguen intactas. Las fronteras siguen matando. Y el espejo sigue ahí, sin reflejo. Tal vez es momento de que los afectos hacia los otros sostengan un país roto.
Este reportaje fue realizado como parte del taller Cambiar la Mirada. Nuevas narrativas sobre migración , coordinado por Eileen Truax, en alianza con Factual, ONU-Derechos Humanos , la Universidat Autònoma de Barcelona y CER-Migracions.




