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Cuando pensamos en aborto, las imágenes que vienen a la mente suelen ser cuerpos femeninos, cisgénero, moldeados por siglos de narrativas normativas. En el imaginario social violento solo las mujeres pueden tener hijos. Pero existen otros cuerpos que también deciden, que transitan territorios de autonomía y resistencia desde posiciones invisibilizadas, cuerpos trans, racializados, cuerpos que desafían las categorías binarias y repiensan el deseo, la maternidad y el cuidado. Estos cuerpos se rebelan buscando ampliar el horizonte del derecho a decidir, reconociendo la complejidad y la diversidad que atraviesan esas experiencias.
Es imprescindible visibilizar que los hombres trans, al igual que otras personas con capacidad de gestar, enfrentan procesos reproductivos y ejercen decisiones sobre sus cuerpos. Reconocer esta realidad es abrir rutas inclusivas para el acceso a derechos, servicios de salud y acompañamiento, especialmente en temas tan sensibles como el derecho a decidir sobre el embarazo. La diversidad corporal y de identidades debe ocupar un lugar central en las políticas y prácticas para asegurar que nadie sea excluido o invisibilizado en la búsqueda de autonomía y cuidado.
Andrea Alejandro Freire, conocido como Drejanx, es un hombre trans no binario negro de Guayaquil que desde su arte y activismo explora esas intersecciones. Drejanx explica que “está bajo el paraguas de la masculinidad como hombre trans, pero no siempre su expresión de género es masculina”Performer, escritorx, gestor cultural y activista marica seropositivo. Drejanx construye puentes entre la memoria sexo-disidente, la disidencia política y la expresión artística. Su obra es un acto de resistencia que celebra la diversidad y la multiplicidad de identidades. Su obra construye puentes entre la memoria sexo-disidente, la disidencia política y la expresión artística. Un acto de resistencia que celebra la multiplicidad de identidades y desafía las narrativas hegemónicas.
En esta conversación, Drejanx nos comparte su mirada única sobre el derecho a decidir, un diálogo que abre espacio para pensar más allá de los cuerpos hegemónicos.
Siendo un hombre trans en Ecuador, ¿cómo ha sido tu experiencia con el acceso a derechos sexuales y reproductivos?
Ha sido bastante compleja. Yo soy usuario del Ministerio de Salud Pública, principalmente porque vivo con VIH. Cuando se trata de controles relacionados con la salud sexual y reproductiva, siento que hay dos tareas que se superponen.
Primero, por vivir con VIH, parece que ya no tengo derecho a desarrollar mi sexualidad; es como si no fuera algo que debería hacer. Segundo, al ser una persona trans, también encuentro que existe la idea errónea de que todos los hombres trans son heterosexuales en sus prácticas, es decir, que solo se relacionan con mujeres o con cuerpos con vulva, pero ese no es mi caso. Por eso, se vuelve complicado para la gente entender la diferencia entre identidad de género y orientación o prácticas sexuales.
Además, uno de los mayores impedimentos ha sido todo lo relacionado con la prevención, porque hay un déficit de productos para prevenir no solo embarazos, sino para toda la vida sexual cuando eres un cuerpo con vulva. Y esto se vuelve aún más complejo cuando esa persona toma medicación antirretroviral, como en mi caso.
También es muy difícil enfrentar la atención obstétrica, que para mí es un trauma, especialmente por experiencias violentas y deshumanizantes durante el proceso. Desde la enfermera que constantemente me dice que debo ir al urólogo y no a la ginecóloga, hasta el trato que recibo en las largas filas del Ministerio de Salud, donde muchas veces me miran mal y tratan de mandarme a otro lado. Es frustrante tener que insistir para que me atiendan como corresponde.
No quisiera verme en la necesidad de justificar por qué necesito atención ginecológica; el solo hecho de ir a esos controles ya es una experiencia violenta. Tal vez en lo privado la atención sea mejor, pero en el sistema público todo esto se siente muy desgastante y doloroso.
¿Consideras que los operadores de salud tienen la sensibilidad y la empatía para trabajar con un hombre trans?
No, ni siquiera tienen sensibilidad ni empatía para trabajar con compañeras lesbianas. Muchas veces creen que su vida sexual “no es sexo”, por ejemplo, porque no hay presencia de un pene, y entonces piensan que no hay problema para la ginecóloga. Pero no es así, son muchas cosas.
Cuando eres un cuerpo trans, la situación se vuelve más notoria, y eso también le pasa a las compañeras trans. Simplemente no hay sensibilización. Por ejemplo, cuando llega mi historia clínica, casi que descartan que yo tenga vida sexual activa, probablemente porque vivo con VIH.
Todavía hay mucho estigma alrededor del VIH, porque es una de las pocas enfermedades crónicas o catastróficas que carga con la idea de que es culpa de la persona. Cuando alguien tiene cáncer o diabetes, por ejemplo, la gente puede pensar que su estilo de vida influyó, pero no lo ven como una culpa directa.
En cambio, con el VIH, se tiende a pensar: «Ah, pobrecito, el enfermo», pero al mismo tiempo se le juzga duramente, como si hubiera sido por «depravado» o «moralmente culpable». Es como si para resarcir ese «error» debieras vivir sin placer. La gente se quedó con la imagen de las personas con VIH de los 80s ahora la esperanza de vida es de 30 años.
Además, la medicina antirretroviral, aunque necesaria, tiene efectos secundarios que muchas veces afectan la libido. Parece que la sexualidad ya no importa. Y esos efectos son reales y variados: pueden ir desde lo psicológico, como depresión o ideas suicidas, hasta síntomas físicos. Personalmente, siempre he preferido los síntomas físicos porque para mí son más soportables; por ejemplo, las náuseas o episodios como sangrados nasales.
¿Cómo ha sido tu experiencia con el acceso a productos de salud social y reproductiva?
Mi experiencia con la salud sexual y reproductiva ha sido bastante compleja. En el sistema público, muchas cosas han cambiado y no siempre para bien. Por ejemplo, hace algunos años aún se ofrecían dispositivos anticonceptivos como el implante en el brazo, que fue bastante popular y que incluso yo utilicé por un tiempo. Pero ahora, métodos como la T de cobre o las píldoras anticonceptivas ya no están disponibles.
En mi caso, como hombre trans que no está en hormonización ni interesado en la terapia de reemplazo hormonal, no tengo problemas directos, pero conozco a otros compañeros hombres trans con diferentes prácticas sexuales y orientaciones que sí necesitarían anticonceptivos orales. El problema es que primero, no se los recetan; y segundo, no se considera la posible interferencia que estos medicamentos hormonales podrían tener con su terapia hormonal, ya que las píldoras anticonceptivas contienen hormonas.
En cuanto a la prevención, el acceso a condones y lubricantes sí existe, pero muchas veces es a través de otros operadores de salud externos al sistema público, como Kimirina, que trabaja en convenio con el Ministerio de Salud Pública (MSP). Sin embargo, dentro del sistema público la prevención está bastante limitada. El declive de acceso a salud sexual y reproductiva se puede identificar desde la pandemia.
¿Cómo se relaciona ser hombre trans con el derecho a decidir?
Aunque hemos tenido algunos avances en el derecho a decidir, muchas campañas siguen enfocándose casi exclusivamente en las mujeres cisgénero. Entonces, ¿dónde quedan los hombres trans en todo esto? Es un tema bastante complejo, porque también se trata de representatividad. Esto se repite en otros ámbitos, como en la atención para personas que viven con VIH, donde la prevención está principalmente dirigida a hombres gay y, en menor medida, a mujeres trans. Pero el resto de las poblaciones casi ni aparecen en esos discursos ni en las políticas.
Lo mismo sucede con el derecho a decidir: la representación del cuerpo gestante se sigue pensando como exclusivamente femenina, cuando en realidad también hay hombres trans, personas no binarias y otras identidades que pueden gestar y necesitan reconocimiento y acceso a esos derechos. Aunque no soy el sujeto sobre el que generalmente se piensa que debe recaer el derecho a decidir, me pregunto cómo accedo a este derecho. Creo que en muchos casos ha funcionado más el boca a boca, porque es muy complejo encontrar maneras efectivas de compartir la información y el conocimiento necesario para que todas las personas puedan ejercer su derecho a decidir.
Esto se complica aún más cuando vives fuera de las grandes ciudades como Guayaquil, Quito o Cuenca. Más allá de estos centros, todo es como un desierto. Por ejemplo, yo vivo en un pueblo pequeño, y la gente ahí se conoce; hasta la señora que me vende el pan sabe que estuve en el Pride porque éramos apenas veinte personas. Entonces, imagina lo difícil que es acceder a información o servicios que pueden ser altamente estigmatizados.
Además, en esos lugares, ¿a quién le preguntas? Debes saber bien a quién acudir, porque no puedes simplemente hablarlo con cualquiera. Aunque muchos tengan acceso a internet, eso no es suficiente, porque incluso en algunas zonas cercanas a la ciudad donde vivo, la señal es muy limitada o inexistente. Allí, las redes de apoyo son más clave que el Ministerio de Salud Pública.
¿Qué funciona en estos territorios periféricos?
Muchas veces lo que funciona en esos contextos son los saberes ancestrales y las redes comunitarias, donde las compañeras se acompañan y comparten información, incluso usando otros términos para referirse a la interrupción del embarazo. Pero todo esto está muy centralizado en las capitales y zonas urbanas, y Ecuador tiene muy pocas ciudades que realmente se puedan considerar como tal.
Por ejemplo, aunque Milagro o Manta son ciudades grandes, el acceso a información o servicios no es comparable con lo que se puede encontrar en Guayaquil o Quito. Eso marca una gran diferencia, especialmente en lo rural, donde incluso la comprensión sobre identidad de género u orientación sexual es limitada. En comunidades aisladas y sin señal, muchas personas ni siquiera logran diferenciar estos conceptos básicos.
Hablar con Andrea Alejandro revela las complejidades del acceso a derechos sexuales y reproductivos para hombres trans en Ecuador, particularmente para aquellos que viven con VIH. Destaca la falta de sensibilidad y empatía por parte de algunos operadores de salud, quienes a menudo asumen la heterosexualidad de los hombres trans y minimizan o ignoran sus necesidades sexuales y reproductivas. Esto se manifiesta en dificultades para acceder a métodos anticonceptivos como píldoras o DIU, y en la falta de acceso a información y prevención, incluyendo la escasez de condones y lubricantes en el sistema público de salud. Además, el estigma asociado al VIH afecta significativamente el acceso a la atención, con la percepción errónea de que la sexualidad debe cesar tras el diagnóstico. La falta de acceso a la salud sexual y reproductiva se extiende a las zonas rurales, donde la brecha digital y la falta de recursos dificultan aún más el acceso a información y apoyo. Finalmente, la entrevista resalta la falta de representatividad de los hombres trans en las campañas de salud y en el acceso al derecho a decidir, con una atención mayormente centrada en mujeres cisgénero y hombres gay.
En Ecuador existen espacios y herramientas que ofrecen apoyo concreto para quienes buscan ejercer su derecho a decidir y acceder a información y acompañamiento seguros. Entre ellos está KSA TRANS, un espacio dedicado a la atención integral y el apoyo a personas trans, y el chatbot Ally, disponible en la página comoabortarconpastillas, que brinda información confidencial y orientación paso a paso sobre aborto seguro y derechos reproductivos. Además, el servicio de consejeras especializadas ofrece acompañamiento emocional y práctico. Estos recursos representan pasos importantes hacia una atención más inclusiva y accesible, aunque es necesario seguir trabajando para que estén al alcance de todas las personas, sin importar su identidad, lugar de residencia o situación.
Ilustración: Drejan
