EF, Feminismos, Historias que arden

Sexo seguro ante un sistema programado

Manifiesto a un deseo desterrado

Somos una mujer, una mujer joven, una mujer joven rural, una mujer joven rural indígena, una mujer joven rural indígena feminista, una mujer joven rural indígena feminista artista, una mujer que se hizo de muchas mujeres. Somos afectos.

La sangre en mis rostros me recuerda que son tiempos asfixiantes que nos enjaulan, que nos incineran para borrar nuestros rastros, pero tú ya nos acechabas, cuántas veces calladas, silenciosas para no ser vistas, para no ser devoradas, pusimos nuestros cuerpos en confinamiento, cuerpos invisibles, cuerpos emplasticados, alejados del deseo pero escapamos y estamos danzando..

Tocando nuestros cuerpos por placer, descubriendo el mundo con el tacto. Nuestros cuerpos diferentes, liberados de los órganos que tú dominas, se mueven y gimen en el fuego del renacer. Nuestras vaginas, nuestros penes sangran sobre la mierda que intentaste que fuéramos. Somos mujeres, con ovarios o sin ellos.

Somos putas, somos panteras, somos imagen, somos lobas, somos lobas que rompen barrotes

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Siempre tuve miedo a iniciar mi vida sexual, aunque era imposible contener el deseo que desbordaba mi piel. Un bucle se repetía en mi cabeza: Vas a perder valor. Nadie te va a querer después. A ningún hombre le gustan las cosas usadas. Es durísimo pensar que las primeras espinas que nos laceran con imposiciones sociales surgen en la familia. Por eso es irónico e impresentable aquellas arengas de “con mis hijos no te mentas” y no crean que quiero culpar a  quien materna o paterna porque ellxs también fueron socializados en espacios patriarcales. Hay un sistema que programa el deber ser. Lo que quiero gritar es que la educación para la sexualidad es un derecho que supera la institución de la familia. 

Desde que tuve consciencia de mi sexualidad, también tuve consciencia de que mi deseo me podía llevar a un desierto de soledad, y eso esculpió desde la adolescencia su domesticación. Marcela Lagarde , teórica feminista latinoamericana, propone la categoria de “cautiverios de mujeres” para identificar que hay espacios de control y subordinación que se han naturalizado pero que operan como cárceles:

  • La madre que tiene que destinar su vida a cuidar por encima de sus deseos
  • La puta que es apedreada por vivir su deseo
  • La monja que renuncia al deseo propio para vivir en pureza
  • La presa que es expulsada del orden social

Parece que nunca vivimos para nosotras, sino para los otros. Por eso, la tan conocida frase «hay que casarse para disfrutar» o «no hay que entregarse en las primeras citas porque el otro no te tomará en serio»… ¿Acaso somos un producto que pierde su valor por el consumo? ¿Acaso no es placentero disfrutar constantemente de la sexualidad con tu pareja? Simone de Beauvoir señala que nos enseñaron a habitar el cuerpo como un objeto de otros y no como territorio propio de placer. De hecho la masturbación femenina sigue teniendo estigmas y a muchas mujeres les cuesta explorarse aún por miedos. En la antigua Grecia la masturbación tanto femenina como masculina era considerada un don de los Dioses a diferencia del cristianismo que por interpretaciones bíblicas empieza a considerarla un pecado abominable. Estamos otra vez, ante la iglesia como una institución de control y esto va más allá de la espiritualidad sino de las interpretaciones que se han dado de los mandatos. Desde la resistencia dentro de la religión tenemos a las Católicas por el derecho a decidir que hablan de la decisión como eje central en María. Retomando la discusión sobre el cuerpo/propiedad,  Silvia Federici nos recuerda que el patriarcado nos hizo creer que nuestra cuerpa le pertenece a otros, y que su valor depende de su utilidad, negando que el placer pueda ser constante, libre y propio. Federici siempre me golpea porque mi relación sexo-afectiva con los otros ha sido desde intentar ser una persona que pueda ser útil : cuidando, haciendo tareas, estando ahí cuando el otro quiera; no cuando yo quisiera. Tenía tan metida la idea de pureza en mi cabeza que mi primer orgasmo fue después de los 26 años. Ya me habían dicho frígida varias veces y cuando empecé a habitar mi cuerpo como mi primer territorio de lucha aparecieron “eres fuego” acompañado de  cuántas parejas sexuales has tenido. ¿Es decisivo el número de parejas sexuales de los hombres? Creo que ni se nos ocurre preguntar, pero que a las mujeres se nos pregunte pasa por los roles asignados de género que tenemos. El mandato de buena mujer implica que no se disfrute tanto de la sexualidad. Según Gayle Rubin, en Thinking Sex (1984), la sociedad jerarquiza los placeres y castiga el deseo femenino, reforzando el mandato de ser “buena” y negando el derecho al disfrute. A nosotras nos enseñaron a temer: temer a que nadie nos quiera; temer a quedar embarazadas y que nadie nos quiera; temer a interrumpir un embarazo y que después no podamos ser madres y nadie nos quiera; temer a que nuestro placer nos expulse del mandato de buena mujer y nadie nos quiera.

Y todos son mitos programados por el sistema. Una interrupción voluntaria del embarazo no causa esterilidad en condiciones seguras. Vivir nuestro deseo nos hace libres en un mundo que nos quiere enjaular y vivir nuestro deseo no produce automáticamente embarazos ni infecciones de transmisión sexual. Existe una categoria que al mundo conservador le asusta: sexo seguro. La anticoncepción no es solo un procedimiento médico o un conjunto de pastillas. Es una llave a la libertad. 

 Un anticonceptivo puede ser un dispositivo, un medicamento, una cirugía o incluso una práctica sexual que ayuda a prevenir embarazos. Y fueron una conquista de las mujeres y gracias a esa lucha hoy podemos planificar una vida con o sin hijxs, elegir cuándo maternar —si así lo deseamos— y vivir la sexualidad como un espacio de deseo y no de miedo.

Algunos métodos, como los condones, cumplen doble función: protegen contra embarazos y también contra infecciones de transmisión sexual. Lo interesante es que no existe un único anticonceptivo universal; lo que funciona para un cuerpo puede no hacerlo para otro. El abanico de opciones es tan amplio: desde dispositivos que se colocan dentro del cuerpo, hasta parches en la piel, pastillas diarias o métodos naturales basados en el conocimiento del ciclo menstrual. Lo que sí es urgente es que se desarrollen anticonceptivos para los hombres porque evidentemente el sistema nos ha cargado con el rol de la anticoncepción desigualmente a las mujeres.

Pero mientras tanto es lo que hay y la clave está en encontrar el método adecuado para cada historia, cada deseo y cada cuerpo. Para lo anterior, necesitamos información clara y sin prejuicios.

En América Latina y el Caribe, alrededor del 50 % de los embarazos son no intencionales, según datos de la ONU y el Guttmacher Institute entre el 2015-2019. Esto significa que millones de personas inician maternidades sin haberlo elegido, muchas veces en contextos de desigualdad, violencia o falta de acceso a servicios de salud o dentro de relaciones violentas. 

Además, la región mantiene tasas alarmantes de embarazos adolescentes: la segunda más alta del mundo, solo superada por África subsahariana. Este dato no es casual: está vinculado a la ausencia de educación sexual integral, a los tabúes familiares y religiosos, y a la poca disposición de muchos profesionales de la salud para ofrecer anticonceptivos sin juzgar.

Un ejemplo concreto: todavía existen médicos que se niegan a colocar un DIU a una joven si no ha tenido hijos, perpetuando la idea de que solo quien ha parido merece decidir sobre su fertilidad.  Las mujeres no somos máquinas para traer humanos al mundo. Esa violencia cotidiana limita la autonomía y reproduce estigmas que deberían estar superados hace décadas. Esa joven soy yo, pese a que le debatí me dijo no. 

Cartografía de los métodos anticonceptivos

Para entender la amplitud de opciones, podemos dividir los métodos en tres grandes categorías:

Mitos que persisten

La desinformación sobre anticonceptivos no es un error: es parte de esa confusión programada que busca mantenernos en silencio. Estos son algunos de los mitos más comunes:

  • “El DIU solo es para mujeres que ya tuvieron hijos” → Falso. Es seguro para personas que nunca han estado embarazadas.
  • “La pastilla anticonceptiva causa infertilidad” → No es cierto. La fertilidad regresa en cuanto se deja de tomar.
  • “La inyección daña la matriz” → No hay evidencia científica de ello.
  • “Los métodos hormonales arruinan el deseo sexual” → Pueden producir efectos secundarios, pero no de forma universal; hay múltiples opciones para ajustar.
  • “El preservativo quita sensibilidad” → Existen diferentes texturas y grosores que permiten placer y protección.
  • “Los métodos naturales son infalibles” → En realidad, son los menos seguros y requieren mucha disciplina y conocimiento del ciclo.
  • “La anticoncepción de emergencia es un aborto” → Es falso. Evita o retrasa la ovulación; no interrumpe un embarazo ya iniciado.

Estos mitos, sumados a la resistencia de algunos médicos y al bombardeo de desinformación en redes sociales, dificultan que las personas tomen decisiones libres e informadas.

Cuerpos que deciden, información que acompaña

En un contexto donde los embarazos no deseados, los prejuicios y los vacíos de información siguen marcando la vida de millones de personas en América Latina, necesitamos herramientas confiables. Una de ellas es Myka, un chatbot desarrollado por la organización Women First Digital, que ofrece información clara, confiable y libre de juicios sobre métodos anticonceptivos.

Myka no reemplaza a lxs operadorxs de salud, pero sí funciona como unx aliadx segurx, disponible para responder preguntas, desmontar mitos y orientar sobre las opciones existentes. Porque nadie debería decidir sobre su cuerpo desde la desinformación o el miedo.

Hablar de anticoncepción es hablar de justicia. Es devolverle a los cuerpos con útero lo que les fue negado: el derecho a decidir desde el deseo y no desde la imposición. Frente a la confusión programada, respondemos con mapas claros, con información precisa y con narrativas que celebren la libertad.

El sexo seguro no es solo prevención: es también emancipación, dignidad y placer.

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