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“Me late fuerte el corazón”: La Zurda como grito desde una ciudad que mata


Una ciudad puede expulsar, pero también esconder —entre las grandes construcciones y la sinfonía de los motores— a esos otros que no se quiere ver. Unos otros que sobreviven en los márgenes, a los golpes, y pese a todo siguen soñando, siguen bailando, siguen trabajando. 

La Zurda (2025), dirigida por Rosendo Ruíz, es una película que se hunde en la desgarradura de Córdoba para cuestionar la desigualdad desde una sensibilidad identitaria. Se estrenó en el BAFICI 2025 en la competencia Argentina. Cuenta la historia de dos jóvenes de sectores populares que quieren ser gigantes con su banda de cuarteto, pero un crimen que no cometieron les arrebata esa posibilidad.

Una ráfaga de imágenes muestra la ciudad y una persecución, construyendo una composición liminal entre el ambiente urbano y el tempo del cuarteto. Es la primera vez que aparece Yonathan, no entiendo qué sucede, pero siento la tensión del peligro hasta que su cara ensangrentada parece mirarme y la impotencia crece. Entiendo que debe alejarse de alguien, el ritmo del cuarteto hace que mi pecho se encoja, ¿tendrá que dejar el amor?

“Me late fuerte el corazón” y ya se siente la emoción, llegó la hora de delirar. Abrir las alas y volar.” Es la melodía que invade el espacio para presentar la relación de Yonathan con su mejor amigo, La Zurda, cantante de la banda. Se comprende rápidamente la complicidad que hay entre los dos. Buscan componer un cuarteto, así como esperan que las habitaciones de una pensión se desocupen para tener sexo con sus parejas. Comparten la condición de clase. Sin embargo, Sol no pertenece a esa clase,  su ropa floreada, su pelo, los colores pasteles contrastan con el barrio, pero ella quiere quedarse. El director retoma la premisa de Romeo y Julieta para convertirla en un thriller policial donde las injusticias matan. ¿Los de abajo no podemos ni amar? ¿Los de abajo no podemos ni soñar? 

Alerta de spoilers

No a todos los dejan amar, hay pieles prohibidas, bocas cuya saliva es un ácido 

Sol y Yonathan se besan, sus cuerpos desnudos se amalgaman en una sola figura. En la habitación de enfrente se besan dos parejas. Ahí está La Zurda, quien desde el baño observa a Sol y Yonathan enmarcados por la ventana, velados por una cortina roja que alerta la tormenta. Sos dos cuerpos que se rebelan encontrando deseo donde otros ven pestilencias.

La Zurda es testigo de aquello y desde la lejanía observa cómo el matón, mandado por el padre de Sol, entra por la ventana contigua al cuarto donde se encuentra su mejor amigo. Vemos ese encuadre como una pintura en movimiento. El cuarteto acompaña los golpes que recibe Yonathan hasta que su compañero llega a sostenerlo. Un disparo se escapa. Sol está muerta. Un sujeto que sale de otra pieza les dice que se vayan, que nadie creerá su inocencia. Lo privado del encuentro sexual parece también un privilegio de clase, y esa brecha hace que Yonathan no pueda llorar a su novia, sino que tenga que escapar para tener esperanza.

El tono actoral del personaje de La Zurda crece conforme crece su rabia. La policía, como institución, los persigue; son inocentes, pero aun así su sentencia es la muerte. Son inocentes —la pistola lo revela—, pero igual cubren sus rostros con capuchas porque son culpables de ser pobres.

La Zurda canta con la Monada; el éxito está más cerca, pero un montaje alternado enfrenta su rostro en primeros planos con un plano de varias cámaras de seguridad donde Yonathan es perseguido por la policía.Un cuerpo inerte como precio del éxito. Un cuerpo que fue usado como un paquete de cambio para que otro cuerpo fuera liberado. Cuerpo inocente.

No se puede contener más: La Zurda llora sobre el cuerpo de su amigo, su hermano. Parece que el peso de un mundo injusto cae sobre él. También ha muerto un poco. Ruíz decide contarnos eso en planos cercanos, para enseguida volver al exterior. Tiene que anunciarle a una madre que su hijo ha muerto. La Zurda, en su moto, regresa al barrio. Vemos edificios a lo lejos: nos remarca que estamos en una periferia, en lo abyecto. Vemos a La Zurda y a la madre de Yonathan llorando, mientras el plano se abre. Parece que las paredes del lugar los ahogan.

Para la clase privilegiada la clase trabajadora es solo carne, no somos nada, solo carne para la explotación. El director nos propone dos finales uno donde la Zurda en su moto deambula indignado por la ciudad, uno que quizá es el más común en los sectores populares de América Latina: la rabia ante la injusticia. Pero enseguida la pantalla se pone negra para develar la otra posibilidad: una juventud que se toma los espacios para  gritar. La Zurda grita… “Por cada caricia que te da la vida, vienen varias cachetadas, y si sos pobre, esas cachetadas vienen como trompadas… ¿hasta cuándo?”. Esas palabras son un desafío al clasicismo, a la desigualdad y se la desafía cantando cuarteto porque soñar sigue siendo un acto político en medio de las balas. 

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