En América Latina y el mundo, la educación médica sigue arrastrando vacíos críticos sobre el aborto, lo que alimenta la desinformación y la violencia institucional. Frente a ello, estudiantes como Aleika Díaz, desde la Asociación Mexicana de Médicos en Formación, impulsan redes de capacitación y acompañamiento que apuestan por un futuro con salud sexual y reproductiva libre de estigmas.
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La desinformación sobre el aborto no es solo un problema del imaginario social, sino que también tiene raíces arraigadas en lo institucional. En la mayoría de universidades latinoamericanas, la formación médica aún no incluye contenidos específicos sobre aborto, lo que genera un vacío crítico en el sistema de salud.
Un estudio en México concluye que la educación médica carece de modelos integrales que incluyan cuidados seguros y tecnologías recomendadas para la interrupción legal del embarazo, a pesar de que el aborto inseguro sigue siendo un serio problema de salud pública. En Jamaica, el 79 % de estudiantes de medicina reporta que nunca recibió formación clínica en aborto, y el 65 % desconoce los criterios legales para el acceso terapéutico, según la University of West Indies.
A nivel global la tendencia no cambia demasiado: en Estados Unidos, la mitad de las facultades de medicina no incluyen formación formal —o apenas una clase aislada— sobre aborto, pese a ser uno de los procedimientos más comunes en ginecología. En varios estados incluso se han aprobado leyes para restringir esta formación, lo que obliga a los estudiantes interesados a buscar capacitación por fuera del sistema académico.
Frente a este panorama, organizaciones como Women First Digital han capacitado a miles de estudiantes de medicina en el uso de medicamentos abortivos mediante plataformas de e-learning abiertas. Estos esfuerzos son cruciales para garantizar atención segura, respetuosa y legal. Sin embargo, más allá de la técnica persiste la violencia institucional: como recuerda Marta Royo, directora de Profamilia en Colombia, incluso después de la despenalización hasta la semana 24, “el personal médico aún se siente libre para maltratar a quienes acuden por aborto”.
Es aquí donde las juventudes médicas juegan un rol clave en transformar las inercias del sistema.
Juventudes transformando
En la pantalla de Zoom, el rostro de Aleika Díaz García se ilumina con entusiasmo. Detrás de ella se distingue el logo de la Asociación Mexicana de Médicos en Formación (AMMEF), la organización estudiantil que representa a miles de jóvenes de medicina en todo el país. Aleika habla rápido, con seguridad, y en cada pausa se le escapa una sonrisa que transmite convicción. A sus 22 años, esta estudiante de la Universidad de Sonora ha encontrado en su formación académica no solo un camino profesional, sino también un compromiso político y ético con los derechos sexuales y reproductivos.
Actualmente es Oficial Nacional de Salud y Derechos Sexuales y Reproductivos incluyendo VIH y SIDA (SCORA) en AMMEF, integrada a la Federación Internacional de Asociaciones de Estudiantes de Medicina (IFMSA), la organización médica estudiantil más grande y longeva del mundo del mundo, presente en más de 140 países y con millones de estudiantes asociados. “Me gusta pensar que todos los temas que tratamos tienen un trasfondo común: los estigmas y tabues”, explica.
Su apuesta es clara: usar el privilegio que representa formarse en medicina para llevar información científica y confiable a quienes no la tienen. Por eso organizan talleres, capacitaciones y charlas comunitarias en escuelas, universidades y espacios sociales. El objetivo es romper con la desinformación que todavía rodea a la sexualidad y al aborto, incluso dentro del propio sistema de salud.
Aleika lo sabe de primera mano. Aunque en México el aborto ya fue despenalizado a nivel federal, el acceso sigue siendo desigual y en las universidades médicas el tema se toca apenas de forma marginal. “Nos enfrentamos a un vacío de información en las aulas, cuando debería ser parte integral de la enseñanza en salud”, señala con firmeza.
Para cubrir ese vacío, desde SCORA han tejido alianzas con organizaciones como Women First Digital, difundiendo un curso sobre aborto con medicamentos que ya acumula casi 5.000 constancias de participación. Aleika se detiene un instante y enfatiza: lo importante no es solo la técnica. “El curso también enseña acompañamiento emocional, prevención y cuidados anticonceptivos. Me gusta que no solo sea clínico, sino humano. Nos prepara para acompañar antes, durante y después del aborto”.
No todo es sencillo. En varios estados del país, universidades y estudiantes se niegan a participar en estas iniciativas, reflejando resistencias culturales y religiosas que persisten en torno a la sexualidad. Frente a ello, Aleika recurre a la resiliencia: “a veces basta con que una sola persona cambie su perspectiva para que valga la pena el esfuerzo”.
Su mirada se ilumina cuando habla del futuro. Para ella, la formación en derechos sexuales y reproductivos no es un añadido opcional, sino una necesidad urgente para quienes pronto estarán en hospitales y clínicas atendiendo a mujeres y personas gestantes. En esa convicción, las juventudes médicas no solo fortalecen sus conocimientos, sino que también construyen un antídoto colectivo contra la desinformación y el estigma.
El desafío es enorme, pero también lo es la energía de quienes, como Aleika y cientos de estudiantes en la región, se organizan para abrir grietas en un sistema que históricamente ha negado información y trato digno. Sus acciones muestran que la transformación no llegará solo desde reformas legales o políticas institucionales, sino también desde la convicción y el trabajo colectivo de nuevas generaciones médicas que se atreven a imaginar —y a practicar— un futuro donde el aborto seguro sea parte natural y respetuosa de la atención en salud.
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