Hay días que sueño que la ceniza de la caña de azúcar me quema la piel.
Es como un ácido en polvo que se esparce hasta mis ojos.
Grito.
Nadie llega.
En Google Maps solo una carretera se visualiza en medio del monte cuando se busca Manuel J. Calle, una parroquia del cantón La Troncal, que ahora es conocida porque matan bastante. Aunque, si uno mira más de cerca, se levantan casas que conviven con el verde de las bananeras: algunas amplias y silenciosas, herencia de la migración; otras, hechas enteramente de zinc, donde el sol convierte el interior en un horno y el ruido de la lluvia suena a golpes. En esas casas no llega el agua potable. A veces tampoco hay alcantarillado.
La vida aquí se sostiene a ratos. Hay una escuela cercana y las calles tienen alumbrado, pero la educación no alcanza. No faltan maestros, pero sí materiales, acompañamiento y contenidos que hablen de la vida que realmente se vive aquí. En las aulas no se habla de derechos, de salud sexual ni de cómo cuidarse. En la salud pública el acceso es límitado. La información se queda corta, atrapada entre los libros viejos y los silencios que todavía pesan.
En ese escenario, los adolescentes crecen viendo cómo el crimen organizado reparte poder y regalos: zapatillas nuevas, celulares, motos, promesas de dinero fácil. Son gestos que seducen en medio del vacío, cuando el Estado solo aparece en los discursos o en los patrulleros que cruzan sin mirar.
Y en medio de ese contexto, también se vive el deseo. Un deseo que nace sin mapas, sin educación sexual, sin acompañamiento. Un deseo que no encuentra palabras, pero que existe, que pulsa entre la precariedad y la curiosidad adolescente.
“Aquí nadie nos habla de eso”, dice Camila, de 17 años. “Lo poquito que sabemos es por lo que se escucha entre amigas o internet.”
Camila quedó embarazada a los 16. Vive con su madre y su hija en una casa de zinc que comparte con dos perros. A esa casa tampoco llega el agua potable. Se bañan con baldes, cocinan con lo justo.
“Yo no sabía cómo cuidarme, ni siquiera sabía que podía quedar embarazada la primera vez”, cuenta mientras su hija juega con una botella plástica. En el colegio nunca hubo clases de educación sexual. “Nos decían que no debíamos ser adelantadas”, recuerda.
Su madre, Rosa, la escucha mientras barre. “Yo no tuve la oportunidad de estudiar mucho”, dice, “pero quiero que ella estudie por la niña”.
Rosa habla con la serenidad de quien ha visto de cerca lo que el silencio produce. Su exesposo es gatillero. “Yo no quiero que ella se junte con esa gente. No quiero que mi nieta crezca en medio de eso”, dice. Pero sabe que es difícil: “Aquí el crimen te rodea. Si no te metes, te tocan la puerta. Si dices que no, igual te miran”.
El deseo y el miedo conviven en los cuerpos jóvenes en lugares como Manuel J. Calle. No hay clínicas cercanas donde conseguir métodos anticonceptivos, y si una adolescente pregunta por pastillas o condones en el subcentro, las miradas la condenan. “La enfermera me dijo que era muy chiquita para pensar en eso”, recuerda Camila. Entonces el cuerpo se vuelve campo de experimentación, y el amor se mezcla con la culpa.
Según el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), Ecuador tiene una de las tasas más altas de embarazo adolescente en la región: el 17% de las adolescentes entre 15 y 19 años ha estado embarazada al menos una vez. En zonas rurales, la cifra es todavía mayor. En 2023, más de 4.000 niñas menores de 14 años dieron a luz. Cifras que no solo hablan de desigualdad, sino de abandono.
Rosa lo resume sin estadísticas: “Aquí los pobres aprendemos a golpes. Nadie nos explica nada.”
A unas cuadras vive Juana, de 65 años. Su historia empieza casi igual que la de Camila: fue madre a los 16. “En ese tiempo no se hablaba de eso. Una simplemente se escondía cuando el vientre crecía o se iba con marido” Terminó el colegio mientras estaba embarazada. Su esposo era 20 años mayor. El hecho de que Juana haya iniciado una relación con un hombre veinte años mayor cuando tenía solo dieciséis años constituye una forma de violencia sexual naturalizada, frecuente en contextos donde las desigualdades de género y edad se legitiman culturalmente como “matrimonio” o “decisión personal”, invisibilizando la asimetría de poder y la ausencia de consentimiento real.
Juana tuvo tres hijos. Trabajó desde joven. “Uno tenía que levantarse temprano, dejar la casa lista, los niños vestidos, el almuerzo hecho… y recién ahí salir corriendo al trabajo.” No hubo tiempo para soñar con la universidad. “A veces pienso que si hubiera sabido cómo cuidarme, mi vida sería otra.”
Sus palabras no son reproche, son constatación. La historia se repite porque el conocimiento no circula. Porque las distancias se miden no solo en kilómetros, sino en derechos.
Según el Ministerio de Salud, apenas el 32% de los adolescentes rurales accede a información confiable sobre anticoncepción. En las ciudades, el porcentaje casi se duplica. En los territorios más aislados, la desinformación se mezcla con la moral y el miedo.
En ciertos territorios, las conversaciones sobre el cuerpo se dan en voz baja. Las madres aconsejan desde la experiencia; las hijas aprenden desde el rumor. “A veces las chicas creen que si lo hacen de pie no pasa nada”, dice Rosa, bajando la voz. “O que si se bañan después no quedan embarazadas.” Mitos que se propagan como eco, en ausencia de escuelas que eduquen y de autoridades que acompañen.
En medio de esa realidad, las mujeres sostienen el mundo: cuidan, cocinan, enseñan, previenen. Lo hacen sin recursos, pero con una lucidez que nace del cansancio. Rosa cuida a su nieta mientras Camila estudia. Juana aconseja a sus nietas que no se apuren con los hombres. Y a sus nietos les exige que asuman el rol de cuidado también. Todas saben que la información puede cambiar un destino.
La ceniza de la caña sigue cayendo, y en las casas de zinc el calor se vuelve insoportable. Afuera, los autos sin placas cruzan el camino principal. El polvo cubre los mangos, los techos, los cuerpos. Pero entre todo eso también florece una voluntad: la de no rendirse ante el olvido.
Porque aquí, donde el Estado no llega del todo, las mujeres inventan su propio lenguaje de resistencia: la palabra, el cuidado, la educación a contracorriente.
Desde el periodismo, también buscamos abrir grietas para que circule el conocimiento. Por eso, en colaboración con Women First Digital, hemos preparado un espacio especializado en derechos sexuales y reproductivos, pensado para quienes habitan estos territorios olvidados. Un espacio donde la información no sea privilegio, sino posibilidad.
Porque hablar de sexo seguro también es hablar de libertad.
Y en lugares como Manuel J. Calle, esa palabra aún está por conquistarse.
Tal vez ese sea el verdadero Efecto Medusa: mujeres que, con cada palabra, con cada gesto, extienden sus tentáculos de resistencia. Que desafían el miedo y la desigualdad estructural. Que convierten la ceniza en raíz, la culpa en conocimiento, y el silencio en poder.
No olviden que el Women First Digital es una organización que trabaja por un mundo en el que todas las personas tengan acceso a información sobre salud sexual y (no) reproductiva que sea segura, confiable y responda a sus necesidades. Tiene tres plataformas: https://ayudaparaabortar.org/, https://comoabortarconpastillas.org/ y https://guiadesexoseguro.org/
