Últimamente me he estado preguntando por la palabra «desarrollo». Nos han repetido que debemos alegrarnos porque el riesgo país bajó. ¿Eso importa en un Ecuador donde la muerte habita los hospitales desabastecidos? No.
A una madre que caminó por días en la selva para intentar salvar a su hijo.
A un adolescente que quiere ser alguien en tierras donde solo hay crimen organizado.
A un paciente que sabe que no podrá hacerse una diálisis
A una estudiantes que completa su pasaje de bus
A las personas que lloran a los suyos, que han desaparecido por los militares
A los defensores que esquivan las balas mientras protegen la tierra
A ellos no les importa el riesgo país y ciertamente a mí tampoco.
Miraba el discurso a la nación y se me hizo imposible no pensar que mis ojos estaban ante una puesta en escena donde ya no es central lo que tenía que decir el presidente Daniel Noboa, sino presentar unos videos perfectamente construidos para fortalecer la narrativa de «desarrollo».
Entre lo poco que dijo Noboa, fue que su compromiso era «recuperar el país para uds». Ahí empezó otra vez mi cabeza a pensar, ¿quiénes son uds?, porque alrededor de 4000 pacientes renales crónicos murieron por falta de tratamiento en los últimos dos años y medio. En 2025, hubo 1109 muertes de recién nacidos de las cuales el 85% pudieron ser evitadas.
Continúa el discurso afirmando que «no es posible el desarrollo si hay miedo». ¿Para quién es el desarrollo? El 2025 fue el año más violento de la historia reciente del Ecuador, con una tasa de homicidios intencionales de 50,91 por cada 100.000 habitantes. 9216 homicidios lo que se traduce en un aumento del 32% en relación con el 2024. Según el Comité de la ONU contra la Desaparición Forzada (CED), en Ecuador habrían al menos 51 víctimas de desapariciones forzadas por parte de agencias de seguridad entre el 2024 y 2025. Los cuerpos racializados y empobrecidos son los más afectados en territorios como Esmeraldas, Guayas y Los Ríos.
En el nuevo Ecuador hay sacrificados en nombre del desarrollo, esto se conoce como la «tanatopolítica». La coexistencia de estados de excepción constantes y el sacrificio de tierras y cuerpos evidencia cómo la tanatopolítica y la necropolítica operan de la mano. Mientras el Estado utiliza la tanatopolítica para normalizar suspender garantías constitucionales, en nombre de la seguridad pública, en el territorio esto se ejecuta mediante una lógica necropolítica colonial, cruzada por el perfilamiento racial y las exigencias de un modelo económico extractivista. Como consecuencia, las personas racializadas sufren de forma desproporcionada desapariciones o ejecuciones extrajudiciales. Estas muertes, lejos de asumirse como crímenes estatales, son cobijadas por discursos punitivos que el imaginario social naturaliza y encubre bajo la peligrosa retórica de la ‘limpieza social’.
En algo estoy de acuerdo con Noboa, cuando dice que hay rostros olvidados, pero no son aquellos que salieron en el informe a la nación enalteciendo su ego. Son las personas desaparecidas, las asesinadas por la narrativa securitizada que polariza al país. Lo anterior en el informe a la nación fue velado por videos institucionales y unas élites aplaudiendo el modelo de desarrollo ejecutado que carcome al país. Pareciera que hay una desconexión social entre los que gobiernan y el pueblo; pero tal vez es más grave y estamos frente a la imposición de otras semánticas y la construcción de sentidos. Por ello, «desarrollo» para el nuevo Ecuador implica un operación de encubrimiento del otro marginalizado; muy similar al proceso colonizador español porque mientras unos cuerpos trabajan hasta reventar, en medio de un calor que recuerda al infierno, o caen al no poder esquivar las balas que buscaban acabar con su lucha para defender el agua… En ese preciso instante hay unas élites que brindan por acuerdos comerciales, festejan reducciones de impuestos, repiten cifras imprecisas como mantras de desarrollo y nos invaden los feeds de redes con estéticas blanqueadas que nos quieren hacer pensar que nuestras vidas son insuficientes que tenemos que seguirlos y como premio de la constancia algún día podré cambiar mi pared verde por esa perfecta sala minimalista.
El informe a la nación fue una extensión de esa narrativa, por eso Noboa no habló mucho. Debía mostrar el país en una imagen compuesta para que creamos ese falso progreso ya que en este país el progreso aparece solo en imagen porque en la realidad se desborda la crisis.
¿Qué modelo de país nos intenta hacer imaginar?
Tal vez la mejor forma de entender el modelo de desarrollo que propone el gobierno de Daniel Noboa es preguntarnos quiénes realmente se benefician, porque mientras el discurso presidencial insiste en palabras como inversión y crecimiento, las condiciones materiales de gran parte de la población siguen marcadas por la precarización, el miedo y la incertidumbre. El país que aparece en los videos oficiales parece muy distinto al que viven quienes esperan meses por medicinas o trabajan jornadas cada vez más extensas para apenas sostenerse.
Uno de los ejemplos más claros ocurrió en 2025, cuando la familia Noboa utilizó la remisión de intereses contemplada en la llamada Ley de Integridad Pública —posteriormente declarada inconstitucional— para reducir una deuda con el SRI que rondaba los 98 millones de dólares. Según la propia narrativa presidencial, terminaron pagando alrededor de 30 millones y dejando la deuda en cero.
Estamos ante un desarrollo donde las élites económicas encuentran mecanismos legales para aliviar sus cargas mientras la mayoría enfrenta más ajuste, más flexibilización y menos garantías. La misma lógica aparece en el impulso insistente a proyectos extractivos y mineros pese a la resistencia de comunidades y sectores sociales que proponen otros modelos de relación con el territorio. Detrás de diversos proyectos mineros aparecen vínculos empresariales entre compañías internacionales y grupos económicos históricamente poderosos en Ecuador, como el Grupo Noboa y Nobis. El modelo de desarrollo de Ecuador más parece un modelo de negocio.
Y mientras eso ocurre, las reformas laborales avanzan bajo el discurso de la “oportunidad para los jóvenes” o la “reactivación económica”, aunque en la práctica muchas terminan favoreciendo principalmente a las empresas mediante mayor flexibilización y debilitamiento de derechos laborales históricos. En Ecuador ahora se puede trabajar hasta 10 horas diarias y no ser pagadas como horas extras sino sumadas a un banco de horas para días libres. Más horas deja de verse como explotación y empieza a venderse como sacrificio necesario para el progreso.
Todo esto configura una idea muy específica de desarrollo: un país atractivo para la inversión, funcional para las élites económicas y sostenido por la precarización de amplios sectores sociales.
Por eso el discurso oficial necesita producir constantemente imágenes de éxito, eficiencia y estabilidad. Porque cuando la realidad material no logra sostener la promesa de progreso se necesita recurrir cada vez más a la narrativa, a lo simbólico que te dirá que si te esfuerzas más podrás desayunar como los Noboas.
Y ahí aparece algo doloroso, la idea de desarrollo ya no funciona únicamente como proyecto económico sino como ficción política. Una ficción cuidadosamente producida donde el crecimiento económico se convierte en espectáculo visual, los indicadores reemplazan la experiencia cotidiana y las cifras intentan ocultar el miedo, la violencia y la desigualdad que los cuerpos siguen viviendo, pero que la cámara se niega a encuadrar.
La producción de una ficción política
Decidir qué se encuadra, decidir qué se muestra también es una operación que intenta volver cenizas lo que queda fuera del encuadre para construir una realidad simulada. Por eso, quizá el problema más profundo del discurso de Daniel Noboa es lo que intenta producir con ese ocultamiento.
El escritor Juan José Saer decía que la ficción no funciona simplemente como oposición a la verdad. La ficción también construye sentido, organiza percepciones y produce formas de mirar el mundo. Por eso el gobierno no “miente” únicamente construye una narrativa que busca volverse realidad.
Un país donde supuestamente vuelve la estabilidad.
Donde el emprendedor exitoso reemplaza al trabajador precarizado.
Donde la familia perfecta suaviza los privilegios.
Donde la seguridad se convierte en espectáculo.
Donde el progreso aparece en renders, videos y campañas emocionales aunque materialmente la crisis siga atravesando la vida cotidiana.
Ahí resulta inevitable pensar en lo que Giordano llama “el efecto de lo irreal”, que es ese momento en que la representación ya no intenta reflejar la realidad, sino sustituirla y aquí cobra sentido las veces que no entendemos las declaraciones irreales del gobierno como Harold Burabano diciendo que no hubo despidos sino desvinculaciones. La política contemporánea parece funcionar cada vez más así. Produce simulaciones capaces de imponerse sobre la experiencia concreta de las personas. El relato del país exitoso intenta volverse más fuerte que los hospitales desabastecidos, que los apagones, que las desapariciones forzadas, que la precarización laboral o que los territorios atravesados por violencia y extractivismo.
Ahí está Noboa y su equipo siendo los guionistas de una gran simulación llamada Nuevo Ecuador. Una ficción de país que beneficia a ciertos grupos económicos, legitiman formas de acumulación y convierten el sufrimiento social en un simple ruido de fondo dentro de una narrativa cuidadosamente producida.
Pero ese ruido de fondo es constante y agudo, los cuerpos heridos se pueden tomar el cuadro porque nos intenta hacer imaginar una idea de país donde supuestamente vamos a ser parte, pero el tiempo pasa y cada vez más el fango se nos acerca. Cada vez está más cerca el dolor que veíamos lejano, la desigualdad nos abraza y parece asfixiarnos y ahí nos damos cuenta que las imágenes son solo eso, un territorio en dos dimensiones que nos desterró en nombre de la estética dominante. Pero esta tierra que sangra es una tierra que nos parió y supera la imagen por eso nos apoderamos de ella, la volvemos sórdida, re encuadramos y mostramos nuestras miradas. Tal vez la disputa material también es una disputa simbólica que tenemos que dar por los que el poder intentó borrar.
