Entre bananeras, casas de zinc y caminos atravesados por el miedo, adolescentes y mujeres construyen sus vidas en un territorio marcado por la violencia y la ausencia estatal. Esta es la historia de cómo el deseo, la maternidad temprana y el cuidado se entrelazan en una comunidad donde la información sigue siendo un privilegio.
Hay días que sueño que la ceniza de la caña de azúcar me quema la piel.
Es como un ácido en polvo que se esparce hasta mis ojos.
Grito.
Nadie llega.
En Google Maps, solo una carretera se visualiza en medio del monte cuando se busca Manuel J. Calle, una parroquia del cantón La Troncal que ahora es conocida porque allí matan bastante.El 25 de diciembre de 2025 fueron encontrados dos cuerpos quemados y colgados en las riberas del río Bulu Bulu. No fue reportado en los medios locales, pero un susurro invadió todo el pueblo: «Aquí no se puede robar».
Esta zona está controlada por el GDO Los Águilas y, si uno mira más de cerca, se levantan casas que conviven con el verde de las bananeras: algunas amplias y silenciosas, herencia de la migración; otras, hechas enteramente de zinc, donde el sol convierte el interior en un horno y el ruido de la lluvia suena a golpes. En esas casas no llega el agua potable. A veces, tampoco hay alcantarillado.
La vida en estos lugares se sostiene a ratos de esperanza. Hay una escuela cercana y las calles tienen alumbrado, pero la educación no alcanza. No faltan maestros; faltan materiales, acompañamiento y contenidos que hablen de la vida que realmente se vive aquí. En las aulas no se habla de derechos, de salud sexual ni de cómo cuidarse. El acceso a la salud pública también es limitado. La información se queda corta, atrapada entre libros viejos y silencios que todavía pesan.
En ese escenario, las y los adolescentes crecen viendo cómo el crimen organizado reparte poder y regalos: zapatillas nuevas, celulares, motos, promesas de ser alguien. Son gestos que seducen en medio del vacío, cuando el Estado solo aparece en los discursos o en los patrulleros que cruzan sin mirar.
Y, en medio de todo eso, también emerge el deseo. Un deseo que nace sin mapas, sin educación sexual, sin acompañamiento. Un deseo que no encuentra palabras, pero que existe, que pulsa entre la precariedad y la curiosidad adolescente.
“Aquí nadie nos habla de eso”, dice Camila, de 17 años. “Lo poquito que sabemos lo aprendemos por lo que se escucha entre amigas o por internet”.
Camila quedó embarazada a los 16 años. Vive con su madre y su hija en una casa de zinc que comparte con dos perros. Hasta allí tampoco llega el agua potable. Se bañan con baldes y cocinan con lo justo.
“Yo no sabía cómo cuidarme. Ni siquiera sabía que podía quedar embarazada la primera vez”, cuenta mientras su hija juega con una botella de plástico. En el colegio nunca hubo clases de educación sexual. “Nos decían que no debíamos ser adelantadas”, recuerda.
Su madre, Rosa, la escucha mientras barre el patio. “Yo no tuve la oportunidad de estudiar mucho”, dice, “pero quiero que ella siga estudiando por la niña”.Rosa habla con la serenidad de quien ha visto de cerca las consecuencias del silencio. Su exesposo es gatillero.
“Yo no quiero que ella se junte con esa gente. No quiero que mi nieta crezca en medio de eso”, dice. Pero sabe que es difícil. “Aquí el crimen te rodea. Si no te metes, te tocan la puerta. Y si dices que no, igual te observan. Te hacen sentir que siempre les debes algo”.
El deseo y el miedo conviven en los cuerpos jóvenes en lugares como Manuel J. Calle. Hay un subcentro de salud, pero la salud sexual y reproductiva no es una prioridad. Conseguir información o acceder a métodos anticonceptivos no siempre es sencillo. Si una adolescente pregunta por pastillas o condones, las miradas suelen condenarla antes que orientarla.“La enfermera me dijo que era muy chiquita para pensar en eso”, recuerda Camila. Entonces el cuerpo se vuelve un campo de experimentación, y el amor se mezcla con la culpa.
Según el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), Ecuador tiene una de las tasas más altas de embarazo adolescente de la región. El 17 % de las adolescentes entre 15 y 19 años ha estado embarazada al menos una vez. En las zonas rurales, la cifra es todavía mayor. En 2024, más de 1621 niñas menores de 14 años dieron a luz. Son cifras que no solo hablan de desigualdad, sino también de abandono. Rosa lo resume sin estadísticas… “Aquí los pobres aprendemos a golpes. Nadie nos explica nada”.
A unas cuadras vive Juana, de 65 años. Su historia empieza casi igual que la de Camila. Fue madre a los 16 años. “En ese tiempo no se hablaba de eso. Una simplemente se escondía cuando el vientre crecía o se iba con marido”.
Terminó el colegio mientras estaba embarazada. Su esposo era veinte años mayor. Lo que entonces se consideraba normal hoy revela las profundas desigualdades de género y edad que marcaron a generaciones enteras de mujeres. Relaciones atravesadas por asimetrías de poder que rara vez eran cuestionadas y que solían presentarse como decisiones naturales o inevitables.
Juana tuvo tres hijos. Trabajó desde joven.
“Uno tenía que levantarse temprano, dejar la casa lista, los niños vestidos, el almuerzo hecho… y recién ahí salir corriendo al trabajo”. No hubo tiempo para soñar con la universidad.
“A veces pienso que si hubiera sabido cómo cuidarme, mi vida sería otra”.
Sus palabras no son un reproche, sino una forma de nostalgia. La historia se repite porque el conocimiento no circula. Porque las distancias se miden no solo en kilómetros, sino también en derechos.
Según el Ministerio de Salud, apenas el 32 % de los adolescentes rurales accede a información confiable sobre anticoncepción. En los territorios más aislados, la desinformación se mezcla con la moral y el miedo.
En ciertos lugares, las conversaciones sobre el cuerpo todavía se dan en voz baja. Las madres aconsejan desde la experiencia; las hijas aprenden desde el rumor. “A veces las chicas creen que si lo hacen de pie no pasa nada”, dice Rosa, bajando la voz. “O que si se bañan después no quedan embarazadas”. Mitos que se propagan como ecos en ausencia de una educación sexual integral.
En medio de esa realidad, las mujeres sostienen el mundo. Cuidan, cocinan, enseñan y previenen. Lo hacen con pocos recursos, pero con una lucidez que nace del cansancio y de la experiencia.
Rosa cuida a su nieta mientras Camila estudia. Juana aconseja a sus nietas que no se apuren con los hombres. Y a sus nietos les exige que también aprendan a cuidar. Todas saben que la información puede cambiar un destino.
La ceniza de la caña sigue cayendo y, en las casas de zinc, el calor se vuelve insoportable. Afuera, los autos y motos sin placas cruzan el camino principal. El polvo cubre los mangos, los techos y los cuerpos.Pero, entre todo eso, también florece una voluntad; la de no rendirse ante el olvido porque aquí, donde el Estado no llega del todo, las mujeres inventan su propio lenguaje de resistencia a través de la palabra, el cuidado y una educación que avanza a contracorriente.
