Nunca aprendí a hablar inglés. O mejor diré que no he podido aprender a hablar inglés,
para no sentenciar mi destino a los 30 años. Dicen que el inglés abre puertas aunque siempre he
sentido como que se pierde una musicalidad que me deslumbra en el español. Tal vez es que soy
ignorante y es que jamás me he sentido tan analfabeta como cuando estuve en EEUU. Estuve en
una escuela de otoño en NY, quise decir que el sistema está valiendo verga, pero yo no pude
elaborar un discurso sostenido por más de un minuto. Soy una analfabeta en el mundo
angloparlante. Soy una analfabeta en el mundo del supuesto desarrollo. No sé nada. No soy
nadie. Mi muerte en una lengua ajena que le grita a la mía lo insuficiente que es. Regresé de NY
sintiéndome extraña no me había encantado la basura apilada en las esquinas ni las ratas
cruzándose entre las piernas. El tumulto de gente babeando en el Times Squares era la
zombificación capitalista.
En mi pueblo matan pasando un día y secuestran a diario. Hace dos semanas llegaba de la casa
de unos tíos donde escapo con mi madre para evadir los pensamientos de tristeza, pero solo
encuentro palabras de incomprensión. No soy suficientemente inteligente ni cuerda para mí
familia y nadie pudo castigarme a tiempo. Regresaba aturdida y se escucharon sonidos de balas
acercándose en una caravana. Había olvidado decir que Ecuador perdió esa noche con Argentina
en los cuartos de final de la Copa América. Entramos corriendo: mi madre, mi primo y yo. Nos
tiramos al piso hasta que calmaran los sonidos.
Quiero escapar.
La visa gringa me mira desde mi estante de libros, pero si me voy quién seré, porque la
guionista, periodista e intento de escritora será destruida con las llantas del avión que tambalean
al pisar tierra. En Estados Unidos soy una analfabeta. Los miedos que habitan mi cuerpo cobran
otros sentidos cuando me enfrento a La analfabeta de Agota Kristof, un relato autobiográfico del
2004 que se construye desde una íntima reflexión sobre su exilio en Suiza luego de huir de
Hungría por el dominio ruso, por la invasión, por la miseria.
En 11 pequeños capítulos la autora nos hace partícipes de momentos que formaron su
conciencia literaria. Su infancia marcada por la lectura, la pobreza, la ruptura familiar cuando es
separada de sus dos hermanos para ir a un internado donde la carencia prima y el encuentro con
la escritura como un grito de la memoria. Hasta que el exilio es la única salida para empezar de
nuevo, un exilio que llega con un descascaramiento de la identidad.
Mi objetivo con esta reseña no es evitar que la gente migre ni yo puedo evitar sentir que
mis pies pisan clavos en mi tierra, lo que me hace ver el exilio como una posibilidad. Mi objetivo
es dejar caer esos sacos que lanza Kristof con dolor, con nostalgia sobre su patria y esa búsqueda
de identidad que esquiva la alienación.
Hay líneas que me revientan. Me encuentro en su autobiografía y creo que no solamente
yo lo hago. La gente que habita el desmoronamiento de lo que es su hogar pueden sentirse
quemadas por las letras de Kristof. El relato profundamente narrativo lo inicia con la premisa que
compara a la lectura con una enfermedad. Ella lo leía todo. Imaginaba historias. No soy Agota,
pero siempre pensé que tal vez estaba enferma por leer e imaginar desde muy pequeña. La leo y
acepto esta enfermedad.
Estoy enferma
Estamos enfermas
Abracemos la enfermedad
La enfermedad carcome el sistema
El sistema es lo que nos mata.
Si para vivir hay que leer y escribir. ¿Qué pasa cuando hay una imposibilidad para la
creación? Tengo miedo. Kristof se tuvo que ir con su hija de 4 meses y su marido. En medio del
monte buscando el pueblo. A veces olvidamos lo que nos moviliza y juzgamos a otros pero la
memoria no pide permiso para recordar.
La oscuridad, el frío, una niña de 4 meses y Agota.
La oscuridad, el frío, un niño de 10 años y la muerte.
Me dejo envolver en las letras de la autora desde un lugar opaco. Soy una mujer que
intenta quedarse e intenta no señalar a quiénes se van aunque a veces como a Kristof se me
escapan palabras que son como agua sucia sobre mis vecinos que pasan peripecias al cruzar la
frontera. Respiro y recuerdo que también quisiera irme, pero aún soy feliz en medio de la
miseria. No estoy tan mal. Hay un momento donde la autora describe que no sabe si vale la pena
haberse ido, hay una añoranza por su tierra mientras pierde su lengua materna.
Cruzar la frontera para una mejor vida para la autora también es desprenderse de aspectos
que forman su identidad. Es desterrada de su tierra y en el exilio hay un desierto social y cultural.
La gente que amas muere. En el suicidio encuentran el fin del desierto. Para Kristof, el asumir
que es analfabeta y trabajar para aprender la lengua es un camino que «está matando a su lengua
materna», pero también le permite vivir porque la lectura y escritura son la enfermedad y la cura.
El tono de la escritura de esta autobiografía es despiadadamente honesto, es un lego que
forma la identidad de Agota donde encontramos dolores, ausencias y nostalgia. Me intriga saber
qué pasó con su padre pero así es la memoria, un conjunto de fragmentos. Así nos describe lo
minúsculo, lo cotidiano que cae como sacos de cemento para quienes hemos vivido las carencias
mientras nuestra escritura quiere gritar.
¿Qué es escribir? Una escribe sobre las agujas que le atraviesan la piel. Una escribe para
sobrevivir en tierras que desaparecen. No por iluminación divina, se escribe para no morir.
Kristof nos da unas ideas que detonan reflexiones sobre el quehacer de la escritura. En La
analfabeta (2004) nos interpela sobre la conquista de las lenguas «uno se hace escritor
escribiendo con paciencia y obstinación, sin perder nunca la fe en lo que se escribe». Esa
paciencia que debe abrazar la desesperación cuando estamos dejando de ser analfabetas. La
lengua puede ser impuesta pero me ancló en la frase de Kristof “conquistar la lengua” para
pensar que tal vez eso debo hacer con la lengua colonial que tanto detesto: conquistarla para
colarse por las fisuras y amplificar cuestionamientos.
Parafraseando a la autora hay que escribir aún cuando pensemos que a nadie le importa,
aún cuando pensemos nosotras mismas que no vale la pena. Es que la escritura es una manera de
existir, entender el mundo y recordar. Ahí radica la potencia de La Analfabeta que desde lo
personal toca fibras colectivas como el ir a reparar zapatos para asistir a la escuela.
Bibliografía
Kristof, Agota. 2004. La analfabeta. Barcelona: Editorial el Aleph.
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