El “Valor” de la Paz.

Por Nestor Moreno

En entrevista concedida a Andrés Páramo en mayo del 2017 para el portal el Pacifista, Boaventura de Sousa[1], describe el concepto de “Crisis Permanente”, llamando así al fenómeno en el cual, la sociedad y las instituciones ya no ven la crisis como una oportunidad de cambio, por el contrario, se ve más como un sinónimo de desesperanza. Lo anterior, se da como consecuencia de los diferentes cambios promovidos en ocasión de las circunstancias dadas en la política y el mercado; posterior a los acuerdos de la segunda guerra mundial. No es un yerro afirmar que, luego de los periodos entre guerras, las conclusiones que subyacen bajo la carne y sangre de los millones de víctimas, permitió entrever la necesidad de una forma alternativa de observar el mundo, posibilitando el nacimiento de nuevas categorías de derechos.

No obstante, el devenir de la economía mundial posterior a este periodo del siglo XX, llevó a la confusión de los valores políticos y los valores económicos, contrariando la afirmación de la democracia liberal, en la cual estos debían estar separados. Así las cosas, los derechos que unas décadas antes eran sinónimo de pacto social, hoy en día son sinónimo de servicios, reduciendo el espectro del Estado en las dimensiones más esenciales de los ciudadnos. En otras palabras, la tendencia fue hacer del Estado una institución pequeña, encargada únicamente de administrar, y dejando la solución de los derechos fundamentales en manos de operadores privados, es decir el Estado al servicio de la economía.

Boaventura de Sousa afirma entonces, que los valores económicos si tienen una representación económica, mientras que los valores políticos no, y el hecho de que en las democracias latinoamericanas los valores políticos tengan un precio, es una de las causas principales de la corrupción.

Teniendo en cuenta esta afirmación, podemos hacer un recorrido por las democracias de América Latina, en donde encontraremos un sin número de ejemplos, en los cuales los valores políticos han alcanzado un precio. Desde grandes consorcios aportando a campañas presidenciales con el objetivo de expandir sus negocios, hasta políticos buscando vender sus influencias en favor de un determinado placer. Nos enfrentamos entonces, a un escenario donde la desesperanza es aprendida y la llamada “Crisis permanente” nos obliga a aceptar las condiciones que nos rodea bajo la premisa de “estamos mal, pero podríamos estar peor”.

Para efectos de la presente reflexión, es necesario presentar un caso que por demás, es un ejemplo mundial de los valores políticos al servicio de los valores económicos, y del cual, se enunciarán de manera breve, algunos de los problemas que nacen como consecuencia de este ejemplo. Cabe aclarar que no se pretende hacer ver como el nacimiento de un problema en sí mismo, sino que este responde a la práctica de la venta de los valores democráticos.

Colombia, un país que ha vivido en conflicto durante los últimos 50 años, se erige ante la comunidad internacional, como ejemplo de intención de cambio social. Sin embargo, la realidad al interior de las fuerzas políticas que apoyan o se oponen al proceso de desmovilización de las FARC[2], ha degenerado la discusión al punto de reducir a egos, mentiras e improperios. Por una parte, es más que evidente los beneficios que ha tenido el proceso, por otra, los desaciertos del gobierno permitieron críticas mordaces propiciando la polarización, en donde los valores políticos se les asignó un valor económico.

Teniendo como referente los polos de oposición que se enfrentan en la discusión política, es decir, los defensores y contradictores del proceso de desmovilización, nos permitiremos comparar algunas cifras entre los procesos de desmovilización de las AUC[3], el cual tuvo lugar en tiempos del que hoy es el principal opositor del proceso con las FARC, el expresidente Álvaro Uribe Vélez y los resultados dados a partir del acuerdo reciente.

En cuanto a la entrega de armas, el proceso con las Autodefensas dejó como resultado un porcentaje de 0.5 por cada combatiente, mientras que con el grupo guerrillero, la cifra asciende a 1.3. En cuanto a muertes, el porcentaje se redujo ostensiblemente durante el periodo de negociación con la guerrila, así como las masacres y el desplazamiento forzado, lo cual no ocurrió durante el tiempo de negociación con las AUC en el periodo de 2002 a 2008. Según el centro de memoria histórica[4], desde 1980, se perpetraron cerca de 1962 masacres, de las cuales 1166 corresponden a grupos paramilitares, es decir que un poco más del 68% de las masacres en Colombia fueron responsabilidad de ejércitos paramilitares.

En estos ejemplos, como podríamos ver en muchos otros (entrega de bienes para la reparación, el compromiso de la verdad y garantías de no repetición, el perdón público) podemos observar las raíces de los argumentos de la oposición al proceso de paz. El punto más álgido, es la entrega de tierras, que es la principal oposición al proceso de paz. El acuerdo contiene la responsabilidad del Estado en devolverle la tierra a los campesinos, los cuales han perdido sus predios por razón de la violencia, y los principales propietarios hoy en día son los beneficiarios de ese despojo violento que lleva más de 50 años.

Pero se preguntaran los lectores ¿Qué relación tiene el proceso de paz con el precio de los valores políticos? Sencillo, Colombia tiene precio, y lo ha tenido durante todo el siglo XX, tanto los valores políticos como la justicia, han tenido un signo pesos a la espalda, y estos valores se han puesto al servicio del mejor postor. Muestra de ello, es que ni la búsqueda y construcción de la paz ha sido suficiente para acabar con la desidia y el despotismo con que han sumergido al pueblo en esa “crisis permanente” en la desesperanza. Según los detractores de la paz, podríamos estar peor y por tanto es preferible mantener la guerra.

[1] Portal del Correo electrónico.

[2] Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia.

[3] Autodefensas Unidas de Colombia.

[4]http://centrodememoriahistorica.gov.co/descargas/informes2013/bastaYa/capitulos/basta-ya-cap1_30-109.pdf

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