Por un feminismo con visión de futuro

Macarena Kunkel Fioramonti

El 8 de marzo de 2019 encontró a la Argentina en el cuarto paro general, que esta vez fue convocado como de “mujeres, lesbianas, trans, travestis, bisexuales y no binaries”.

¿Cómo llegamos a esta situación? ¿Qué ocurrió en los últimos años en nuestras trayectorias personales y colectivas?

Podría ser útil empezar afirmando que tomar conciencia de las desigualdades de género en las que estuvimos inmerses, cuando menos, desde el día que nacimos es una experiencia intensa. Comienza siendo individual pero muy rápidamente se convierte en algo grupal: es prácticamente imposible atravesar los pensamientos y reflexiones sobre nuestras propias trayectorias de vidas de forma solitaria. Me atrevo a decir que todes les que atravesamos ese camino, ni bien nos “cayó la ficha” corrimos a comentarlo con nuestras madres, hermanas, amigues y compañeres, lo que se tradujo en noches de desvelo y debates interminables. Fue así como comenzó el ejercicio de ver las prácticas de poder en términos de género en absolutamente todos lados: te recordás de pequeñe siendo encasillade en determinado estereotipo de género, de preadolescente con todo un entorno que da por sentada tu orientación sexual, de adolescente comenzando a relacionarte de forma desigual con tus parejas, y un interminable “etcétera”. Si sos mujer o cualquier otra disidencia, es muy probable que también recuerdes haber sufrido acoso callejero, estigmatización, violencia física, simbólica, económica, psicológica o sexual. Si sos varón cisheterosexual, es probable que te cueste un poco más admitirlo pero que si te animás, te recuerdes perpetrando este tipo de actitudes machistas. La cabeza y el corazón te explotan tratando de desentrañar cómo pudiste atravesar todas esas experiencias de forma tan naturalizada.



El movimiento se define como antimacrista, antiimperialista, antineoliberal y anticlerical

MKF

Sin lugar a duda, la historia del movimiento de lucha por la igualdad entre los géneros en nuestro país data ya de varias décadas. Sin embargo, la masividad que podemos ver hoy en día en las calles argentinas responde a una cronología cuya fecha fundacional es innegable: el 3 de junio de 2015, la primera movilización del #NiUnaMenos, significó un quiebre absoluto. Y fue ahí cuando para muches de nosotres no hubo vuelta atrás en cuanto a efectivamente convertir esa conciencia de género en una lucha colectiva y plural. No obstante, al repasar esa jornada, rápidamente notamos que las primeras consignas tuvieron que ver principalmente con la manifestación más extrema y drástica del machismo: los femicidios.  Pero el primer #NiUnaMenos significó también un potente punto de partida, que nos trajo a la actual situación. A partir de allí, la agenda del feminismo comenzó a tomar cada vez más volumen y cuerpo y gradualmente no quedó espacio en el que no entraran este tipo de debates: las universidades, los colegios, las empresas, los sindicatos, los partidos políticos, las fundaciones e, incluso, los medios masivos de comunicación. En paralelo, se fueron incorporando nuevas consignas y discusiones al entramado del movimiento: la brecha salarial, la legalización del aborto, el trabajo sexual, la trata de personas, la violencia política, la situación de las personas trans, el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, el techo de cristal, el acoso callejero, la feminización de la pobreza.  La cronología continúa con determinadas instancias masivas de reclamos como fueron los paros de los #8M, los subsiguientes #NiUnaMenos, las movilizaciones exigiendo aborto legal, los “tetazos” en plazas céntricas, el “Mirá cómo nos ponemos” o “Yo sí te creo, hermana” acompañando las denuncias de abusos y una multiplicidad de convocatorias en ámbitos más reducidos. Poco a poco, en cada vez más charlas y publicaciones en redes sociales comenzaron a aparecer expresiones como “deconstrucción”, “sororidad”, “micromachismos” o “empoderamiento”.

Fue entonces cuando comenzaron a surgir, en el seno del propio movimiento, las primeras tensiones. Tensiones fuertes, profundas y ultradebatidas, pero que sin embargo nunca llegaron a un punto de ruptura irreconciliable. Voy a ser sincera: desconfío de cualquier ámbito integrado por personas en el que no haya discrepancias y diferencias de perspectiva, más aún tratándose de un movimiento que dice venir a cambiarlo todo.

Acá es cuando resulta indispensable recordar que no existe en términos absolutos “un” feminismo, sino diversas y múltiples corrientes que adoptan esa identidad. El planteo no es nuevo: lo demuestran la primer y segunda ola del feminismo, el feminismo afro, el feminismo liberal, el feminismo marxista, el feminismo latinoamericanista, el feminismo queer, el feminismo lésbico, entre otros. En la Argentina actual quizás los debates más palpables que se están dando son en torno al abolicionismo o la despenalización del trabajo sexual; y a la incorporación de las personas trans al colectivo en contraposición al “feminismo radical” (eufemismo que utilizan las transfóbicas para autodenominarse).

Si nos basáramos en el resultado de las votaciones de las asambleas previas al #8M o en el comunicado leído en la movilización de la Capital Federal, podríamos concluir que hay algo en lo que todes estamos de acuerdo: el movimiento se define como antimacrista, antiimperialista, antineoliberal y anticlerical. Se dice también defensor de la clase trabajadora, desocupada o precarizada y de los sectores más vulnerables. Gran ocasión para poner en práctica la tan difundida voluntad de problematizar todo que tienen los feminismos. ¿Hasta qué punto las mujeres y otras disidencias que se movilizaron entienden que el patriarcado es condición necesaria para la subsistencia del capitalismo? ¿Verdaderamente la totalidad del feminismo puede ver que el neoliberalismo nos afecta exacerbadamente a las mujeres y disidencias? ¿Cuántas de las personas que se volcaron a las calles consideran que las elecciones de este año son una oportunidad fundamental para torcer, al menos en parte, el curso del machismo? ¿Qué porcentaje de les supuestes feministas populares alguna vez habitaron una villa de emergencia o conocieron de cerca lo que implica vivir en la pobreza? ¿Vamos a desconocer que el pluralismo religioso va mucho más allá de la Iglesia Católica y que hay sectores espirituales que apoyan esta lucha? ¿Los discursos feministas “apartidarios” son genuinos o emitidos por infiltrades concientes del nivel de funcionalidad al patriarcado que tienen? No tengo respuestas, tan solo algunas preguntas y dudas que seguramente iremos desentrañando en instancias colectivas. Quizás la única certeza es que el movimiento es heterogéneo, diverso, pujante y hasta en algunos casos contradictorio.

¿Hasta qué punto las mujeres y otras disidencias que se movilizaron entienden que el patriarcado es condición necesaria para la subsistencia del capitalismo? ¿Verdaderamente la totalidad del feminismo puede ver que el neoliberalismo nos afecta exacerbadamente a las mujeres y disidencias? ¿Cuántas de las personas que se volcaron a las calles consideran que las elecciones de este año son una oportunidad fundamental para torcer, al menos en parte, el curso del machismo? ¿Qué porcentaje de les supuestes feministas populares alguna vez habitaron una villa de emergencia o conocieron de cerca lo que implica vivir en la pobreza? ¿Vamos a desconocer que el pluralismo religioso va mucho más allá de la Iglesia Católica y que hay sectores espirituales que apoyan esta lucha? ¿Los discursos feministas “apartidarios” son genuinos o emitidos por infiltrades concientes del nivel de funcionalidad al patriarcado que tienen? No tengo respuestas, tan solo algunas preguntas y dudas que seguramente iremos desentrañando en instancias colectivas. Quizás la única certeza es que el movimiento es heterogéneo, diverso, pujante y hasta en algunos casos contradictorio.


Queda claro, desde lo presupuestario hasta lo simbólico, que el macrismo asume como propia la responsabilidad de sostener la sociedad patriarcal en la que vivimos.

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De todas formas, estoy de acuerdo en que a esta altura no deberían quedarnos dudas de que el gobierno que asumió el poder en Argentina en diciembre de 2015 ha hecho estragos con las limitadas pero importantes y difundidas políticas públicas puestas en marcha por los gobiernos peronistas entre 2003-2015 para avanzar en la eliminación de la desigualdad de géneros. Queda claro, desde lo presupuestario hasta lo simbólico, que el macrismo asume como propia la responsabilidad de sostener la sociedad patriarcal en la que vivimos. También, que entiende a cada movilización del feminismo como una expresión opositora. A esta línea aportan muchas compañeras cuando nos recuerdan que el primer paro que se le hizo al gobierno de Macri fue el paro general y movilización de mujeres del 8 de marzo de 2016, antes que cualquier partido político o sindicato convocara a una masiva huelga.

Ahora bien, ¿verdaderamente aporta pensar al feminismo escindido de otros actores y demandas sociales? En mi humilde opinión, eso no solo sería errado sino incluso bastante peligroso. El feminismo actual debe necesariamente ser planteado desde una perspectiva interseccional que cruce las nociones de clase, género, nacionalidad, orientación sexual, etnia y generación, para acercarse un poco más a entender en profundidad la sociedad en la que vivimos y las desigualdades que la sostienen. Encuentro esperanza en pensar que hay algo que de forma más o menos explícita aparece en todos los planteos feministas: la resistencia y activismo contra la opresión, que ojalá se convierta a futuro en “a cualquier tipo de opresión y desigualdad”.

Pañuelo símbolo de lucha por el aborto legal, seguro y gratuito

Si me preguntaran a mi sobre qué rumbo identitario quisiera que tome el movimiento feminista argentino, no tengo dudas: anhelo un feminismo plurinacional y popular. No me gustaría sin embargo transmitir la falsa idea de que me habitan muchas certezas, pero hay una que estructura mi vida desde muy pequeña: la militancia política es la principal herramienta que tenemos para cambiar las sociedades. Por eso, me es imposible pensar mi identidad feminista escindida de mi identidad peronista-kirchnerista. No es una situación aislada la mía: en mis espacios de militancia la consigna fue “vivas, libres y desendeudas nos queremos” para el #NiUnaMenos 2018 (en clara oposición al acuerdo del macrismo con el FMI) y “vivas, libres, unidas y gobernando nos queremos” para este #8M.

Marcha histórica del 2018


Somos les que dedicaremos todas nuestras energías este año a que este gobierno machista y ajustador llegue a su fin.

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Junto con mis compañeres, somos les que celebramos el discurso de la ex Presidenta Cristina Fernández de Kirchner al votar a favor de la legalización del aborto afirmando que nuestro movimiento político era ahora “nacional, popular, democrático y feminista”. Somos les que marchamos con carteles y banderas pidiendo la liberación de la presa política y dirigente social Milagro Sala. Somos les que nos sentamos frente a los poderosos de nuestro partido a plantearles que el peronismo será feminista o no será. Somos les que vestimos remeras con la cara Evita y se nos llena el pecho de orgullo al pensar los debates incómodos que se atrevió a dar en la década del ‘40. Somos les que repasamos con ansias el calendario electoral, contando los días para incidir en los armados electorales y la incorporación de la perspectiva feminista a la plataforma de nuestro espacio político. Somos les que dedicaremos todas nuestras energías este año a que este gobierno machista y ajustador llegue a su fin. Somos les que estamos preparándonos para gobernar a partir del 10 de diciembre y plasmar en políticas públicas concretas muchos de los reclamos que el movimiento feminista en su totalidad exige.

Cuerpo primer territorio de lucha

Mucho se dice respecto al hecho de que esta revolución feminista en curso es la “revolución del deseo”. Sabemos que el deseo en términos de liberación sexual incomoda e incomodó siempre a los poderosos que se benefician del patriarcado y el capitalismo. Pero la propuesta de nuestro espacio es a pensar al deseo en términos más amplios: deseamos (así, en plural) vivir en una sociedad más justa desde todo punto de vista, sin desigualdad entre las clases sociales, donde existan voces contrahegemónicas, donde proliferen proyectos cooperativos, donde el acceso a educación y salud de calidad no sea un privilegio, donde lo comunitario esté por encima de lo individual.

Sin embargo, reconocemos también la importancia de saber que hacia el seno del movimiento feminista no hay necesidad de coincidir en todo sino de buscar los puntos en común que nos permitan avanzar. Sabemos, entonces, que las diferencias deben ser puestas sobre la mesa y debatidas, pero que la prioridad debe ser ensanchar las filas de la lucha. Por eso es que ya no importa cuándo te cayó la ficha del feminismo, ya no importa qué opinabas del aborto o de la desigualdad salarial hasta hace unos años. Importa que ahora te calzaste la remera con consigna feminista y te acercaste a la movilización más cercana, que te pusiste el pañuelo verde para ir a laburar, que publicaste consignas en tus redes sociales bancando al #8M o que te animaste a plantear determinados debates en tu mesa familiar. Esta revolución no acepta indicaciones de cómo debe desarrollarse, cada une de nosotres es artíficie del destino de la misma y aportará a la corriente feminista que más le identique.

En su libro “El feminismo es para todo el mundo”, Bell Hooks nos invita a sumarnos a lo que denomina un “feminismo con visión de futuro”, lo que implicaría “centrar nuestra imaginación en nuestra realidad concreta y al mismo tiempo imaginar posibilidades más allá”.

¡A por eso, compañeres!

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